Aurelio Suárez Montoya; presidente Unidad Cafetera Nacional., Pereira, diciembre 10 de 2002

Pereira, diciembre 10 de 2002

Doctores
Enrique Santos C. y Rafael Santos C.
Directores
Periódico “El Tiempo”
Bogotá D. C.
Cordial saludo,

Las afirmaciones del editorial del sábado 7 de diciembre sobre la industria cafetera colombiana me obligan a hacer algunas observaciones a dicho escrito; sabiendo que, si bien “lo primero es el caficultor”, por encima está la verdad, y en particular la de la mísera existencia de medio millón de familias cultivadoras.

Expresa el editorial que “… Por fortuna, el anterior gobierno estableció la denominada AGC…”. No es posible que un hecho como el Paro Agropecuario de 2001, que presionó el establecimiento del subsidio al precio interno, hoy se olvide y se despache el punto como acto fortuito de un régimen que gracias a ese suceso “apoyó” a la caficultura. Y, concomitante con lo anterior, añade: “…Es necesario destacar la solidaridad y el respaldo que recibieron del gobierno los caficultores, la Federación y la nueva administración”. Esto no puede decirse si hay mínimos conocimientos del reciente “Acuerdo entre la Federación y el Gobierno” y de los pronunciamientos gubernamentales en el LXII Congreso.

Para eso ayudan algunos datos. Según la Comisión de Ajuste Institucional, a la cual perteneció el actual gerente, Gabriel Silva, el gobierno para 2002 debería haber trasladado para financiar la política cafetera la suma de $288.200 millones. Pues bien, según el Informe de Gerencia al Congreso del mismo Doctor Silva, el aporte sólo fue de $ 231.000 millones, 57.000 menos. Se refleja la disminución del AGC de $30.000 a $25.000 por carga, el cierre del crédito de apoyo y la eliminación de los recursos para renovación y de los de asistencia técnica para predios de más de diez hectáreas. ¡Hasta los senadores parientes del presidente Uribe se pronunciaron en contra en un debate que se adelantó al respecto! Es más, para 2003 cuando según la misma Comisión se necesitan $153.786 millones del Presupuesto Nacional, los compromisos del Presidente y sus ministros al respecto fueron vagos y, acorde con algunas noticias, apenas llegarán a un tercio de lo previsto.

No es verdad que los congresistas -que estuvieron en un encuentro con delegados- “respaldarán la nueva contribución cafetera”. Varios no comparten que, bajo cualquier razón y en estas circunstancias, los caficultores aporten el 5% de su ingreso bruto y algo más para sostener las instituciones, financiar el precio interno y pagar deudas por 150 millones de dólares del Fondo Nacional del Café. ¿Qué sector recibe tan oneroso impuesto, en tanto el gobierno hace mutis? Esto sin olvidar que la Reforma Tributaria grava todo el trabajo agrícola.

Y no sólo por lo anterior no procede la frase inicial del editorial “estamos ante el comienzo del final de la más profunda crisis cafetera”. En lo que Uribe sí fue muy claro, y ad portas del arribo de Collin Powell, fue en avisar la fumigación aérea con glifosato en las zonas cafeteras con presencia de cultivos ilícitos, sin reparar en los efectos colaterales sobre los cafetales y la población. Esos cultivos son 20.000 hectáreas en medio de 750.000 de cafetales; ¿Cuáles se afectarán más por cumplir el mandato foráneo?

Por otra parte, lejos se estará de aliviar el drama social de las regiones del café que en los departamentos del EJE, entre 1994 y 2000, ha incrementado el número de pobres en un 17% y su ingreso por habitante disminuido en un 13%, si la concesión internacional que se nos otorga es favorecer “la calidad”. El mercado de “especial” es promisorio pero limitado y competido y requiere ingentes capitales para desarrollarlo. Aún con ventas al detalle en los grandes mercados “perderá su status y sus precios altos si se ve invadido y sus consumidores no crecen con él”, como sostiene la organización OXFAM.

Y es que en el plano internacional, está la mayor ausencia del gobierno. Se sabe que la sobreoferta de café es inducida por los países y compañías consumidoras. No hay un reclamo presidencial serio que exija el cese del envilecimiento deliberado de los precios y denuncie que los gobiernos del Norte se quedan, en forma de impuestos, con el 24% del ingreso cafetero mundial, “que le ponga el cascabel al gato”. En un negocio dominado por monopolios, la solución sólo puede ser política. Como colofón, cabe recordar que este gobierno también está comprometido con el ALCA, un acuerdo por el que podría inundarse de café extranjero, barato y malo el propio mercado nacional; ¿Tiene así sentido fomentar el consumo interno? ¿Estará, entonces, concluyendo la crisis?

Reciban, señores directores, estas glosas que tienen como interés mostrar otra cara, la real, de la peor tragedia colombiana de la última década y que no puede taparse con un editorial de un diario de la cobertura de “EL TIEMPO”.

Cordialmente,

Aurelio Suárez Montoya
Presidente Nacional UNIDAD CAFETERA.

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