Desde finales del siglo XIX comenzó a aparecer una inmensa literatura sobre el surgimiento de un nuevo fenómeno en el concierto mundial, toda la cual coincidió en denominarlo imperialismo. Fueron obras famosas, entre otras, las de Hilferding sobre el capital financiero y la de Hobson sobre el imperialismo, pero hasta el gran economista Schumpeter planteó su teoría sobre la novedosa situación del mundo. Lenin atribuyó el fenómeno imperialista al predominio del capital financiero que se separaba cada vez más de la producción y empezaba a recorrer el mundo sin raigambre nacional aparente.

Entre 1876 y 1914 sólo seis naciones –Inglaterra, Alemania, Francia, Rusia, Japón y Estados Unidos–, se habían anexado 25 millones de kilómetros cuadrados de territorio, equivalentes a dos veces y media la extensión de Europa, con aproximadamente quinientos millones de habitantes. Pero hacia la segunda década del siglo XX no había territorios nuevos por repartir y se inició una pugna por la redistribución de los ya conquistados. Esto dio paso al imperialismo, fenómeno diferente al colonialismo de los siglos anteriores.

Las dos guerras mundiales de este siglo pusieron en aprietos todas las teorías sociológicas y políticas que intentaron dar una interpretación coherente a una lucha a muerte por el control del orbe. Ni la defensa de la patria, ni la locura de los dirigentes, ni la fuerza cultural de las masas, se acomodaban a las proporciones de una conflagración mundial. Y en todo el trayecto de la “guerra fría” más de ciento ochenta guerras locales difícilmente encontraban explicación en el fanatismo religioso, precisamente cuando en la mayoría de los casos se ubicó el conflicto en los sitios estratégicos de las superpotencias.

La gigantesca acumulación de capital a finales del siglo pasado y la vertiginosa internacionalización de inmensas sumas de dinero le han permitido a un puñado de países cada vez más industrializados controlar la vida y el destino de mucho otros, imponerle sus condiciones, amarrar sus mercados, definir el curso de su economía, determinar su política y asegurar su apoyo en la lucha por la hegemonía orbital. A pesar de todo, no resulta fácil dilucidar los vericuetos casi insondables por los que el capital financiero se inmiscuye en la política y la economía de los países para maximizar sus ganancias. Estas relaciones de dominación indirecta fueron las que reemplazaron la dominación colonialista de imposición político-militar, aunque esta no haya sido suprimida del todo.

Las relaciones entre Estados Unidos y Colombia nunca pasaron por una etapa de colonialismo, es decir, de control político-militar directo, como en el caso del colonialismo español. Durante casi un siglo los dos países coincidieron las más de las veces en la defensa continental de la democracia y en el impulso al comercio. Pero el desarrollo económico de cada uno determinó las vías opuestas que tomaron en el presente siglo hasta la crisis del narcotráfico, la peor desde la separación de Panamá.

Primera etapa: de objetivos comunes a la pérdida de Panamá, 1819-1903

Estados Unidos y toda América Latina, con la sola excepción de Cuba y Puerto Rico, coincidieron a lo largo de casi todo el siglo XIX en la defensa de la independencia contra el colonialismo europeo. Al mismo tiempo ambos lucharon por la definición y consolidación de los estados-nación y se esforzaron en incorporar sus economías al mercado mundial. Mientras los norteamericanos siempre identificaron independencia con democracia, los latinoamericanos nunca lo hicieron y uno de los puntos determinantes en sus discrepancias fue la forma de gobierno que adoptarían las nuevas naciones.

Con miras a la defensa de la independencia, el país del Norte proclamó la doctrina Monroe; para definir su territorio, enarboló la bandera del finis Hispaniae, el fin de España; y en la perspectiva de defender el libre mercado, pugnó por tratados de comercio bilaterales que le abrieran el intercambio de mercancías al sur del río Bravo con la perspectiva de conectar el Atlántico y el Pacífico por Panamá o Nicaragua. A su turno, los latinoamericanos, bajo la inspiración de Bolívar, en unos casos, y de Rivadavia, en otros, trataron inútilmente de federarse, establecer convenios para fortalecer su capacidad de acción, definir sus fronteras bajo el principio del uti possidetis y oscilaron entre la monarquía, la democracia presidencialista y la dictadura caudillista.

Colombia, con la dirección de Bolívar, impulsó uno de los proyectos más ambiciosos de la historia latinoamericana con la propuesta de “unión, liga y confederación” que aunaría los esfuerzos de todas las ex-colonias españolas en pos de una fuerza económica y política de proyección mundial. Con este propósito fue convocado el Congreso de Panamá. Estados Unidos no veía con buenos ojos la conformación de un poder sureño ni tampoco, en aplicación de la doctrina Monroe, la inclinación bolivariana hacia Inglaterra. En cambio, esta maniobraba hacia la conformación de un poder distinto a los norteamericanos, siempre y cuando se acercaran a su modelo político y a sus ambiciones colonialistas. Por eso Bolívar, que por ese entonces coqueteaba con un gobierno monárquico para Colombia y con la perspectiva de importar un príncipe inglés, se esforzó en evitar que Estados Unidos asistiera al Congreso de Panamá.

Quienes han defendido, en una interpretación histórica reduccionista, el carácter imperialista estadounidense desde principios del siglo XIX, pretermiten elementos fundamentales. En primer lugar, la etapa de desarrollo económico de Estados Unidos que no se había convertido ni siquiera en un país capitalista, lo cual conduciría a atribuirle un colonialismo feudal o mercantilista que no concuerda con su posición histórica. En segundo lugar, se califica erróneamente como imperialista el expansionismo de las fronteras en un proceso de conformación territorial, dentro del cual se incluiría las anexiones que lograron México, Perú, Venezuela, Chile, Argentina o cualquier otro país en iguales circunstancias, ninguna de las cuales se ha considerado como imperiales. Y, en tercer lugar, el carácter de potencia hegemónica mundial no le correspondía a Estados Unidos, sino a Inglaterra, convertida en tal después de su victoria sobre Napoleón. Por el contrario, ante la corriente restauracionista europea, Estados Unidos surgió como la vanguardia de la revolución burguesa mundial.

Por esa razón, ningún planteamiento tan controvertido en las relaciones de Estados Unidos con el continente como la doctrina Monroe. No puede olvidarse que después de 1815, Inglaterra había constituido una “Santa Alianza” con las potencias feudales Austria, Prusia y Rusia y desarrollado la “doctrina Metternich” con el propósito de defender la monarquía absoluta y proteger su política colonialista. De ahí que la consigna de Monroe de “América para los americanos” adquirió el significado de una defensa de la independencia y la democracia, dos elementos esenciales de la revolución mundial burguesa.

Fracasado el proyecto bandera del Libertador y disuelta la Gran Colombia, fueron dos los problemas que enfrentaron las relaciones con Estados Unidos, el comercio y la utilización de Panamá. Ambos estaban íntimamente ligados. El Istmo representaba la conexión entre el Este y el Oeste del país del Norte, especialmente estratégico después del descubrimiento del oro en California. Y la apertura del comercio entre las dos naciones hacía parte de la incorporación al mercado mundial, elemento de gran trascendencia para una especie de acumulación originaria de capital. A lo largo de todo el siglo XIX Panamá significó el punto neurálgico de las relaciones entre Colombia y Estados Unidos.

Colombia no tuvo una política coherente con relación a la importancia estratégica de Panamá . La construcción del ferrocarril del Istmo, terminada en 1855, fue entregada en concesión a una empresa norteamericana. A renglón seguido se firmó el tratado de comercio Mallarino-Bidlack con la cláusula 35 que permitía a los ciudadanos estadounidenses el paso libre por el territorio panameño, aunque reconocía la soberanía colombiana sobre la zona y planteaba su neutralidad. Antes y después de ser reconocido por ambos parlamentos, el tratado no hizo sino crear conflictos, como el famoso incidente de la sandía o del melón. En último término el tránsito libre de sus ciudadanos por el Istmo ofreció a Estados Unidos la oportunidad de ganar la lucha por el control estratégico de la zona.

Con el triunfo de la burguesía norteña en la guerra de Secesión, se había operado un desarrollo económico vertiginoso que produjo un cambio sustancial en el carácter de país del Norte. Ya no estaba en peligro la independencia, la mayoría de los países en América se habían consolidado como estados-nación, y Estados Unidos se daba ínfulas de gran potencia. Entonces empezaron a utilizar la doctrina Monroe para agredir por doquier y no resistieron la tentación de adoptar la corriente europea del expansionismo imperialista con el argumento de la defensa de su seguridad nacional y sus derechos comerciales.

Entre 1901 y 1904 aplicaron a Cuba la Enmienda Platt, incorporándola a la Constitución, de tal manera que el gobierno norteamericano podía intervenir en cualquier momento para salvaguardar la independencia de la isla y proteger los ciudadanos estadounidenses. Roosevelt se apoderó de la zona del Canal y auspició la independencia del Istmo con el argumento de salvaguardar el derecho de tránsito adquirido en el tratado de 1846 con Colombia. Para ello utilizó el bloqueo de la armada y la sumisión de la oligarquía panameña. A continuación apareció el Corolario Roosevelt a la Doctrina Monroe, para proteger con las armas el orden hemisférico y las inversiones estadounidenses en el extranjero. Así quedó enunciada la política del big stick o gran garrote. Fruto de ella fueron más de veinte intervenciones armadas de la infantería de marina de Estados Unidos en Centroamérica y el Caribe antes de la Primera Guerra Mundial.

No puede explicarse el asalto sobre Cuba, Puerto Rico, la guerra contra España para apoderarse de la isla y el robo de Panamá, si no se comprende el espíritu expansionista que se apoderó de la sociedad norteamericana después de 1880. El auge económico del país del Norte produjo teorías como las de Josiah Strong, de Alfred Thayer Mahan y Henry Cabot Lodge, ampliamente difundidas en la década del noventa, en obras como Our Country, Expansion under New World Conditions, Forum y otras, que contribuyeron decisivamente a formar una conciencia de gran potencia en la sociedad norteamericana. Partían todas ellas de la supe¬rioridad anglosajona y del “destino manifiesto” de los norteamericano en la salvación de la humanidad con el espíritu democrático. Sus objetivos eran el Caribe, México, Centroamérica, Fili¬pinas, Hawai y China.

Pero el punto más estratégico del mundo para los intereses norteamericanos era Panamá. Tres elementos se conjugaron en su favor: la astucia del agente estadounidense, William Nelson Cromwell, y de la figura del antiguo ingeniero jefe de la primera compañía del canal, Philip Buneau-Varilla; las maniobras del personaje nacional Rafael Reyes para entregarle la construcción a los norteamericanos y de la poca entereza de diplomáticos colombianos como Carlos Martínez Silva, José Vicente Concha y Tomás Herrán; y la desidia del gobierno colombiano y de su clase dirigente.

El gobierno colombiano abrió el camino a la intervención norteamericana, al haberle solicitado en varias ocasiones su ayuda militar para guardar el orden en el Istmo. Durante la Guerra de los Mil Días, el general Benjamín Herrera, que se había atrincherado allí, no se atrevió a tomar las ciudades de Panamá y Colón con su ejército liberal por temor a la invasión de Estados Unidos, pero, en cambio, decidió firmar la paz con el gobierno colombiano en el buque de guerra estadounidense, Wisconsin. Nadie en el país acertó en el análisis de la política internacional de Estados Unidos, de la transformación de su economía, de la tendencia imperialista de sus gobernantes desde la guerra hispano-norteamericana, del carácter de todas las maniobras sobre Panamá tejidas en el ambiento de la Enmienda Platt y del Corolario Roosevelt, precisamente en el momento en que en Europa aparecía toda la literatura sobre el imperialismo.

Así Colombia perdió el Canal y dejó escapar a Panamá. Bajo la apariencia de movimiento independentista una oligarquía panameña que había cambiado los intereses nacionales por los extranjeros en todo el proceso del ferrocarril y del canal, amparándose en la incapacidad del gobierno colombiano para guardar el orden y atender sus necesidades, convirtieron su separación en un protectorado gringo para todo el siglo. Y la oligarquía colombiana de los Núñez, Caro, Marroquín, Martínez Silva, Herrán, Reyes, Concha, Herrera y Uribe Uribe, no dispararon un tiro para defender la soberanía nacional.

Solamente una semana después de haber declarado su independencia, el 13 de noviembre de 1903, la oligarquía panameña firmó el tratado Hay-Buneau-Varilla para entregar el canal a los Estados Unidos y concederle a perpetuidad el derecho de intervención. Apenas cuatro meses atrás, el 13 de junio, Cromwell había tramado en la propia Casa Blanca con Teodoro Roosevelt la maniobra política de la separación del Istmo. Así comenzó el proceso de dominación imperialista sobre el país y la traición de los dirigentes colombianos.

Ni en el comercio ni en la banca, Estados Unidos ejercía un gran control sobre la economía colombiana en ese momento. El relativo auge mercantil de la década del setenta entre los dos países, favorecido por el libre cambio instaurado en Colombia, había decrecido debido al proteccionismo artesanal de la Regeneración y el ritmo de la acumulación de capital sufría un estancamiento. Las inversiones norteamericanas no eran significativas con relación a la economía nacional. Se concentraban en algunos ferrocarriles, en el tranvía de Bogotá, en algunas minas de carbón y en los 5.000 hectáreas de la United Fruit Company en la zona de Santa Marta. No tenía Colombia deuda externa con el país del Norte y la banca multilateral era inexistente. Mientras Estados Unidos se erigía como una potencia económica, con una industria monopólica y un sector financiero fuerte y agresivo, Colombia no había iniciado su industrialización y sus bancos eran apenas cajas prestamistas. Para ese momento la distancia del desarrollo económico de los dos países era enorme, pero la penetración norteamericana no determinaba nada en la economía colombiana.

Segunda etapa: la formación del patio trasero, 1903-1945

El big stick o gran garrote de Rossevelt, la dollar diplomacy o diplomacia del dolar de Taft, el new deal o nuevo trato de Wilson y el good neighbor o buen vecino del otro Roosevelt, Franklin Delano, constituyeron diferentes estrategias norteamericanas del siglo XX para convertir a América Latina en su patio trasero. Centroamérica, el Caribe, Venezuela, Bolivia y Colombia se convirtieron en zonas estratégicas de este proceso. Lo significativo de esta etapa radicó en la elaboración consciente y planificada de una zona de influencia en el concierto mundial en competencia con Inglaterra y Alemania, principalmente.

Colombia sufrió ejemplarmente tres de ellas, la del gran garrote con el robo de Panamá, la del nuevo trato con la danza de los millones y la del buen vecino con la modernización política y la alianza durante la Segunda Guerra Mundial. Pero el gran garrote y la diplomacia del dólar no dejaron de operar en todo el continente. El gran garrote, por ejemplo, cayó sobre Cuba para instalar a Batista, sobre República Dominicana para montar a Trujillo, sobre Nicaragua para implantar a Somoza, sobre México para invadirlo y amedrentarlo. El mismo Wilson, paladín de la paz y del nuevo trato, convertiría a Haití en un protectorado e invadiría a México dos veces entre 1914 y 1920.

Lo que determinó la política de Estados Unidos para América Latina hasta la Segunda Guerra Mundial fue el Corolario Roosevelt a la Doctrina Monroe, destinado a proteger los ciudadanos y los negocios estadounidenses en el Hemisferio. Con él, una doctrina, cuyo carárcter se orientaba a defender la independencia americana de las monarquías feudales europeas, vino a ser la base de una América para los norteamericanos.

Bajo esta perspectiva se desarrollaron las relaciones con Colombia. En 1914 se firmó el tratado Urrutia-Thompson con el cual quedaba arreglado el asunto de Panamá. Su ratificación tomó siete años más en los Congresos de Estados Unidos y Colombia. En el país del Norte no se estaba de acuerdo con aceptar una fórmula de excusas por el atentado de Panamá y en el Sur a muchos parecía ridículo terminar el asunto con una frase protocolaria de “sincero pesar” y la aceptación de una indemnización de veinticinco millones de dólares a cambio del reconocimiento de Panamá como nación independiente. A la comisión negociadora del tratado no le fue muy bien. El mismo año de la firma cayó asesinado Rafael Uribe Uribe en las calles de Bogotá y el pueblo de Barranquilla se levantó contra el general Vázquez Cobo cuando intentó desembarcar a su regreso de la negociaciones.

Entre quienes firmaron el tratado también se contaba Marco Fidel Suárez a quien Colombia le debe el haber diseñado una política internacional que dominaría todo el siglo, la del “respice Polum”, mirar hacia la potencia del Norte. No obstante haberse consumado el atropello más grande a la soberanía nacional en la historia del país, amplios sectores de la oligarquía colombiana suspiraban por restablecer relaciones amistosas con Estados Unidos para ampliar sus negocios. Ya Reyes, desde el inicio de su mandato, se lo había propuesto, firmando dos tratados que toda la nación rechazó por considerarlos una vergüenza. Su embajador itinerante por América del Sur, el jefe del partido liberal Rafael Uribe Uribe, en compañía de quien fuera más tarde candidato a la presidencia Guillermo Valencia, a sólo tres años del robo de Panamá, se inclinó sumiso ante la potencia estadounidense en la Conferencia Panamericana de Río de Janeiro en 1906, con aquella asombrosa declaración sobre la conducta de los norteamericanos: “La delegación norteamericana ha dado esta vez el inesperado espectáculo de hacerse amar irresistiblemente, aun de sus adversarios naturales.”

Resuelto el conflicto de Panamá y ratificado el tratado por ambos Congresos, se inició en Colombia un proceso acelerado de incorporación a la estrategia norteamericana de dominación continental, diseñada por Wilson con su política de New Deal, tanto más cuanto se avizoraba el peligro del triunfo de la revolución rusa. Cuatro puntos se constituyeron en la palanca que convirtió a América Latina en el patio trasero del país del Norte: 1) la modernización de la infraestructura, del Estado y del sector financiero; 2) la conquista de las materias primas latinoamericanas, especialmente, petróleo, cobre, estaño y zinc; 3) la libertad de comercio para abrirle mercado a los productos estadounidenses; 4) la exportación de capital mediante la inversión directa y el endeudamiento externo. En esta forma, Estados Unidos se convirtió en el gran “modernizador” del continente a todo lo largo del siglo XX y ganó la contienda a Inglaterra.

En Colombia, Estados Unidos impulsó cinco modernizaciones en este siglo. La de la infraestructura en la década del veinte acompañada por el primer gran endeudamiento externo ; la del sector financiero con la misión Kemmerer ; la del capitalismo de Estado de la “revolución en marcha” de López, de corte keynesiano, a lo Franklin D. Roosevelt ; la de los planes de desarrollo en las décadas del cincuenta y sesenta ; y la de la “apertura económica” con la nueva constitución de 1991 .

Por la moratoria de la deuda externa a que condujo la llamada “prosperidad a debe” de los años veinte, Colombia fue amenazada con la invasión. La misión Kemmerer, conformada por el gobierno norteamericano para muchos países subdesarrollados de América y Asia, inició al país en el manejo de los grandes capitales provenientes del endeudamiento. López preparó el Estado para las exigencias de este tipo de modernización mediante el intervencionismo de Estado para adecuarlo al endeudamiento y a la inversión directa del extranjero.

Así fue diseñada en Colombia una estrategia de modernización por endeudamiento externo y ajustada a la política continental de los Estados Unidos. La diferencia esencial de esta dependencia con la de una imposición político militar consiste en que los encargados de tomar las medidas de una dominación indirecta son los dirigentes nacionales, asimiladas por ellos, interiorizadas por su propia concepción y practicada por convencimiento propio, pero en completa coincidencia con el país dominante que las ha impulsado expresamente en forma planificada. El resultado es que el país no ha salido del subdesarrollo, solamente ha avanzado lo suficiente como para que Estados Unidos pueda seguir utilizándolo.

Petróleo, platino y oro constituyeron recursos naturales colombianos apetecidos por los estadounidenses desde finales del siglo pasado. A ellos se añadió el banano con la historia de la United Fruit Company hasta la matanza de las bananeras. Desde las presiones de los norteamericanos para anular el contrato con el inglés Pearson sobre la exploración de petróleo, pasando por las maniobras de Marco Fidel Suárez para entregárselo a la Texas, pasando por el episodio de la concesión De Mares, por la injerencia del Departamento de Comercio para elegir a Olaya Herrera con la Circular especial de 1928, por una legislación leonina que beneficiaba a las multinacionales en el gobierno de López y mucho más, la historia del petróleo en Colombia ejemplifica como ninguna otra el poder del capital, la obsecuencia de los dirigentes y la decisión arrolladora del imperialismo para conquistar los recursos naturales estratégicos y defenderlos. Estados Unidos lo había demostrado con la invasión a México para defender los cien millones de barriles anuales de producción y el pago de la deuda de quinientos millones de dólares, cifras no despreciables para la época.

Fue Franklin D. Roosevel quien imprimió el verdadero sello neocolonialista a la política norteamericana. Rechazó el gran garrote, se opuso a la diplomacia del dólar, criticó el nuevo trato que había llevado a las invasiones de Haití, México, Nicaragua y República Dominicana, en una palabra, abandonó esa mezcla del viejo colonialismo con la arrogancia del dólar y se propuso abrir camino con la estrategia de promotor del progreso, de la innovación económica y de la práctica del keinesianismo. En lugar de la amenaza militar o económica instauró la táctica de la imperceptible fuerza del capital financiero. Creó el Consejo de Protección de Tenedores de Bonos Extranjeros, el Banco de Exportación e Importación y obtuvo la Ley de Convenios Comerciales de 1934. A esta se le apuntó López Pumarejo con el Tratado de Comercio de 1935 que rebajaba y suprimía aranceles de importación a miles de productos norteamericanos a cambio de que nos recibieran el café, los sombreros de paja, la hipecacuana y el bálsamo de Tolú. No obstante, con Roosevelt se cumplió ese principio de que el imperialismo también acude a los viejos métodos colonialistas. A su gobierno se le atribuye el asesinato de Sandino en Nicaragua.

Un hecho de proporciones globales operó un viraje histórico inesperado. El fascismo amenazaba apoderarse de toda la tierra y contaba en el país con un apoyo político significativo. Los años treinta fueron testigo de un enfrentamiento ideológico que acercaba el partido conservador a Alemania y España, mientras el partido liberal se inclinaba por Estados Unidos. En la contienda mundial contra la agresión fascista se presentó la aguda competencia entre el imperialismo alemán y el imperialismo estadounidense. Cada partido se alineaba con una dominación diferente. Colombia se definió por una alianza estratégica de sobrevivencia con el país del Norte venciendo a las fuerzas conservadoras que defendían el mantenimiento de la neutralidad.

Estados Unidos había preparado minuciosamente, durante cuarenta años, su patio trasero mediante invasiones, amenazas, empréstitos, inversiones y una modernización política y económica. Aunque durante la conflagración mundial disminuyó la dominación al encontrarse ocupado en Europa, Asia y Africa combatiendo contra Alemania, Italia y Japón, su victoria bélica le permitió ganar la partida a las demás potencias y emerger como dueño absoluto de la situación en América Latina. Todo quedó preparado para el gran asalto. Si Colombia se había salvado del fascismo con su alineamiento al lado de Estados Unidos, la victoria norteamericana la dejaría a merced de sus dictámenes. Para entonces, como efecto de la crisis del treinta en el país del Norte, de la moratoria de la deuda externa en Colombia de 1929 hasta 1938, del esfuerzo total estadounidense en la guerra con el Eje, y a pesar de unos cuantos enclaves, la economía nacional no estaba todavía amarrada indisolublemente a la de los gringos.

Sin embargo, ningún presidente de esta primera mitad de siglo mostró independencia alguna frente al coloso del Norte ni mantuvo una posición consecuente con la defensa de la soberanía nacional. Reyes, fuera de negociar el canal y arrodillarse en la negociación de los tratados consideraba que a los norteamericanos no hay que “temerlos como conquistadores ni como expoliadores. Ellos han plantado el estandarte de la libertad y del progreso en Cuba, Puerto Rico y Filipinas: ellos son la humanidad selec¬cionada.” Carlos E. Restrepo se inclinó ante Wilson en el caso de Panamá y del contrato Pearson. Suárez los tenía como los salvadores de América y obró en concordancia en la negociación del tratado Urrutia-Thompson. Pedro Nel Ospina fue el pionero de la modernización por endeudamiento externo con Estados Unidos. Abadía Méndez se llenó de oprobio por su obsecuencia con la United Fruit Company. Olaya se convirtió en agente de las compañías petroleras durante sus tres períodos de embajador en Washington y en el candidato preferido del Departamento de Comercio a la presidencia de 1930 que en frase de la llamada Circular Especial elaborada por el agregado comercial de la embajada norteamericana “fue lo que hizo posible la elección del doctor Olaya con todos los esperados beneficios para los Estados Unidos” . López Pumarejo después de haber sido el primer gerente del Banco Mercantil Americano y agente fideicomisario de los empréstitos norteamericanos, firmó un tratado de Comercio con Estados Unidos que agradecería el embajador Dawson con estas palabras: “no hay duda de que la política comercial del gobierno colombiano tiende a ponerse de acuerdo con los propósitos básicos y los objetivos del programa de acuerdos comerciales de los Estados Unidos.” Santos bajo el pretexto de una alianza estratégica con Estados Unidos contra el fascismo, fue mucho más allá hasta los negocios de la aviación, el banano, el petróleo y el endeudamiento.

Tercera etapa: se consolida la dominación norteamericana: 1945-1980

Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos emergió en lo político y económico como la potencia hegemónica. Como tal, controló la fundación de la Organización de las Naciones Unidas, ONU, y estableció una serie de organizaciones continentales y subcontinentales, como la Organización de Estados Americanos, OEA, para el manejo de su influencia en cada parte del mundo. Con su patio trasero perfectamente conformado, ninguna potencia europea tuvo cómo disputarle su dominio sobre América Latina.

En este período surgió el movimiento de los No Alineados, y al iniciarse la campaña soviética por el control del mundo, dos superpotencias se disputaron el control orbital, Estados Unidos cedió terreno ante la expansión rusa y se doblegó en Nicaragua, Irán y Vietnam. La Unión Soviética controló el sudeste asiático, se instaló en el corazón de Africa e implantó su influencia a noventa millas de la frontera estadounidense. La guerra fría significó el sometimiento de hasta el último rincón del planeta al ajedrez de los dos colosos.

No fue difícil para Estados Unidos controlar todo el sistema interamericano, cuyas condiciones se estructuraron en la Conferencia de Chapultepec en 1945. Las reuniones celebradas durante la guerra le habían preparado el terreno político y la masiva utilización de los recursos naturales estratégicos latinoamericanos como el zinc, el estaño, el cobre y el petróleo, le habían dado la entrada definitiva. Pero, además, la instalación de bases militares durante la conflagración mundial permitió al ejército norteamericano estrechar relaciones con los ejércitos del Hemisferio. Aunque en toda la región se había operado un importante crecimiento económico en una situación de relativa autonomía, esta alianza estratégica le dejaría expedito el camino. En Colombia, sin endeudamiento externo, se operó uno de los mayores crecimientos industriales de todo el siglo.

Estados Unidos impuso su teoría de la seguridad continental contra el comunismo, convirtió su oposición a la revolución cubana en su principal estrategia regional, manipuló la OEA a su antojo y aparecieron dictaduras militares por doquier, se diseñaron tácticas de contención en todos los países: intervino militarmente en Guatemala para derrocar a Jacobo Arbenz, en República Dominicana para destituir a Juan Bosch y un poco más tarde en Granada para expulsar a los cubanos; Allende fue derrocado y asesinado; y, más tarde, tendría las manos libres para imponer sus condiciones en la lucha contra el narcotráfico hasta la invasión de Panamá y el acogotamiento de Colombia, Perú y Bolivia.

De esta nueva situación resultaron cuatro estrategias norteamericanas orientadas a consolidar su control y defenderlo: 1) un sistema de banca multinacional de exportación de capital orientada a evitar los riesgos de las moratorias de la etapa anterior; 2) planes de desarrollo con miras a amarrar el endeudamiento externo de los países latinoamericanos; 3) la “Alianza para el Progreso” dirigida a resolver la amenaza de la revolución cubana en el continente; y 4) la integración latinoamericana en conjunto o en bloques subregionales para asegurar la inversión directa y ampliar el comercio.

En el fondo eran viejas fórmulas en nueva envoltura. Continuaba y se profundizaba la modernización neocolonial. Se le pavimentaba el camino a la exportación de capitales. Quedaba expedito la senda al hegemonismo comercial en el continente. Y se estableció un sistema de defensa continental contra el comunismo. Un factor nuevo, sin embargo, se añadía al proceso, el de que ya estaba listo el patio trasero en América Latina.

La realidad de una precaria industrialización después de medio siglo, que aprovechaba espacios abandonados o cedidos por Estados Unidos, y que posteriormente erigieron Osvaldo Sunkel y Raúl Prebish en la teoría de “la sustitución de importaciones” con el lenguaje dependista del deterioro de los términos de intercambio, fue rápidamente utilizada por los norteamericanos como instrumento de inversión directa y endeudamiento externo. En Colombia, un conjunto de empresas nacionales que habían florecido como producto de la involución económica producida por la Segunda Guerra Mundial, pasaron a manos de monopolios estadounidenses que inundaron el país.

Colombia fue escogido como país piloto para los planes de desarrollo auspiciados por el Banco Mundial en todo el orbe. Así llegó al país Lauchlin Currie, el economista canadiense que dirigió en 1950 esa primera misión y que, más tarde, sería el autor de la Operación Colombia y de la consolidación del sector financiero con las UPAC. De ahí en adelante cada gobierno elaboró un plan de desarrollo como instrumento y justificación del endeudamiento externo y, mediante este, la forma más eficaz del control financiero. En esta forma, después de cincuenta años de la misión Kemmerer, en la década del setenta, con sus mismas fórmulas, Estados Unidos logró su propósito de conformar un sector de las finanzas adecuado a sus necesidades de canalización de capital.

En un país atrasado como Colombia, los planes de desarrollo conformaron una estructura económica que en nada han favorecido la superación del atraso. En lugar de fortalecer la producción agrícola e industrial, han hecho crecer desproporcionadamente el sector financiero y el de servicios. En la década del sesenta la distancia del PIB per cápita con los cinco países más avanzados del mundo era de unos 500 dólares y treinta años después asciende a alrededor de 30.000 dólares. Este desarrollo en el atraso permite al capital financiero internacional y a quien lo controle –en este caso Estados Unidos–, la posibilidad de lucrarse con el comercio, la deuda y el servicio de la deuda, amén de las condiciones concomitantes que en cada caso se vayan imponiendo. Este es el verdadero dominio imperialista, tantas veces imperceptible, pero que se hace visible en los momentos más agudos de una crisis.

Lo que determinó la política hemisférica de Estados Unidos por casi tres décadas, fue el desafío de la revolución cubana a su dominio. Como consecuencia, se impusieron en la región una política estadounidense de tres patas, agenciada por la OEA: la seguridad continental, la estabilidad de los gobiernos y la contención de la revolución cubana. Una vez más Colombia fue escogida como modelo de la nueva estrategia y se convirtió en la ventana de la Alianza para el Progreso, propuesta del Presidente Kennedy para impedir el reto cubano a su patio trasero y ligada por la resolución quinta de la Reunión de Punta del Este en 1962 a la necesidad de la cooperación económica entre los Estados Americanos.

Era una fórmula que combinaba el endeudamiento externo con medidas sociales, reformas económicas y cambios políticos. Respondía a esa permanente inquietud estadounidense de salirle al paso a la situación social explosiva del Hemisferio. Una de ellas fue la reforma agraria dirigida a crear empresas comunitarias de campesinos sin modificar la estructura de la propiedad de la tierra. Inclusive la izquierda colombiana de ese entonces cayó en la trampa de considerarla como un comienzo de redención en lugar de una táctica de apaciguamiento.

Colombia le garantizó al país del Norte la estabilidad que requería para su exportación de capital, primero con el golpe militar de Rojas Pinilla y, en seguida, con el Frente Nacional. Las condiciones fueron preparadas por los pactos y tratados militares, especialmente el de 1952. Así los colombianos pasaron a ser en todas las conferencias americanas los principales defensores de los postulados defendidos por Estados Unidos para el control del continente, de los cuales vale mencionar el TIAR, Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca. Entre los actores de esta subyugación política sobresalieron Alberto Lleras Camargo, Gonzalo Restrepo Jaramillo y Eduardo Zuleta Angel.

Después del amotinamiento popular del 9 de abril, una buena parte de la injerencia estadounidense en el país se dirigió a moldear el movimiento sindical y a impedir la influencia de los comunistas. Lleras Restrepo le solicitó ayuda al Departamento de Estado en 1950, en su calidad de director del Partido Liberal, para sanear de comunistas la CTC. En 1953 el delegado de la CIO, un Sr. Shwarz, entró en arreglos con los líderes liberales de la CTC. En 1957, 1959 y 1960 la embajada norteamericana intervino directamente para detener las huelgas en la planta metalúrgica de Bogotá de Sears Roebuck, en la Frontino Gold Company y en la Tropical Oil Company de Barrancabermeja. Esta fue la tónica durante todo el período. Uno de los principales resultados de esta política de mantener el control sobre el movimiento sindical lo constituyó la fundación del Instituto Americano para el Desarrollo de los Sindicatos Libres, el cual infiltraría y financiaría la UTC y la CTC durante toda esta etapa. Las dos centrales establecieron estrechos lazos con la CIOSL y con la AFL-CIO bajo los auspicios norteamericanos.

Los planes de integración latinoamericana, llámense ALALC, Pacto Andino, Mercosur o cualquier otro, fueron inspirados, impulsados y patrocinados por Estados Unidos con un interés específico de largo alcance. Así fue en Punta del Este, en Cartagena, en Centroamérica, en México, cuya propuesta inicial provino del embajador plenipotenciario de Nixon, Nelson Rockefeller con su informe sobre América Latina intitulado Calidad de vida en las Américas. Es indudable que una política de esta naturaleza no habría sido acogida en el Hemisferio si no implicara elementos favorables a los países signatarios como el aumento del intercambio entre ellos, pero a donde ha apuntado Estados Unidos desde el siglo pasado ha sido a la ampliación de una zona de libre mercado que le permita controlar con sus productos, su capital y sus créditos, el comercio latinoamericano, basado en expansión de las grandes multinacionales con asiento en la región.

Pero el principal instrumento de dominación indirecta ha sido la banca estadounidense, las agencias internacionales controladas por el país del Norte y la banca multilateral, coordinada por él. Hasta ahora ni una sola intervención del Fondo Monetario Internacional ha dejado de favorecer los intereses de Estados Unidos. Este proceso quedó al descubierto sin duda alguna con la crisis de la deuda externa en la década del ochenta, cuando brilló la íntima conexión de Estados Unidos con la banca multilateral y la banca comercial. Las transitorias contradicciones del FMI o del Banco Mundial con algunos gobiernos como el de Lleras Restrepo o Belisario Betancur, no significaron el establecimiento de una política de autonomía o de dignidad nacional a favor de un desarrollo económico soberano. El FMI, el Banco Mundial, el BID, la AID hicieron exigencias en la educación, en la política laboral, en la política fiscal, en la política tributaria, en la política social, en todos los terrenos de la vida nacional y fueron acogidas sin excepción.

La estrategia de modernización imperialista, diseñada por los norteamericanos para controlar a Colombia, dio sus frutos con creces durante la década del setenta. Había pasado casi medio siglo. La “danza de los millones” y la “prosperidad a debe”; la misión Kemmerer para la adecuación del sector financiero; las reformas políticas del 36, del 45 y del 68; la sustitución de importaciones de la CEPAL; la masiva inversión directa; el desarrollo por endeudamiento externo; las reformas educativas; las reformas laborales y de empleo. En esta forma, Estados Unidos logró un control hegemónico sobre la economía colombiana.

En medio de transitorias contradicciones políticas, los presidentes de Colombia de esta etapa siguieron la tradición de Reyes y Suárez. Rojas Pinilla sirvió la estrategia militar de Estados Unidos de contención del comunismo. Lleras Camargo se convirtió en un prohombre de los gringos, alabado, protegido, condecorado y exaltado por ellos. Valencia siguió al pié de la letra los dictámenes de la Alianza para el Progreso. Lleras Restrepo se comprometió con una reforma constitucional de capitalismo de Estado y con una reforma laboral adecuadas a los intereses estadounidenses. Pastrana impulsó y defendió la reforma educativa imperialista y la adecuación definitiva del sistema financiero.

Pero el agudizamiento de la “guerra fría” trajo consigo el desafío soviético en el patio trasero de los Estados Unidos y le permitió a la nueva potencia imperialista colocar a Colombia en su mira. No obstante una serie de escaramuzas de confrontación entre las dos superpotencias después de 1956, la situación mundial no se colocó a favor de la Unión Soviética hasta 1975. El triunfo de Vietnam sobre Estados Unidos, el control soviético en Angola con tropas cubanas mercenarias, la victoria sandinista en Nicaragua, el poderío militar de la potencia del Este, le dieron ventaja política a la Unión Soviética y amenazaron la preponderancia norteamericana.

Por primera vez se operó una coincidencia entre los soviéticos y los cubanos en una táctica expansionista sobre América Latina, reafirmada por el fracaso de Allende en Chile, la de la utilización del guerrillerismo foquista que había popularizado el intelectual francés Regis Debray en su libro Revolución en la revolución. Todos los movimientos guerrilleros colombianos adoptaron la táctica guevarista y absolvieron a los soviéticos de todas sus fechorías expansionistas. Sin distingos, apoyaron la invasión de los nuevos zares a Afganistán, en igual forma como habían transigido con el intervencionismo soviético en Cuba, Libia, Egipto, Siria, Vietnam, Laos, Angola, Yemen del Sur, Nicaragua y tantos otros más.

El hecho de que se hubiera desmoronado la Unión Soviética unos años después, no es razón para negar el cambio radical de la situación histórica en América Latina y en Colombia, en la que Estados Unidos perdió momentáneamente la iniciativa política, aunque mantuvo y afianzó su dominio económico. Mientras más en peligro estuvo su predominio político más trató de apretar su control económico. Ningún otro gobierno expresó esta contradicción tan perfectamente como el de Belisario Betancur con sus propuestas de “paz”, con su política internacional, especialmente en Centroamérica, y con una especie de jerga “socalistoide” con que logró embaucar a toda la izquierda prosoviética colombiana, a pesar de proseguir la línea económica del imperialismo norteamericano.

Cuarta etapa: la crisis de la deuda y la recolonización: de 1980 hasta el presente

Ningún otro factor ha amarrado tanto el Hemisferio a la dominación norteamericana como la crisis de la deuda externa. Tres elementos contribuyeron a afianzarla. Primero, la crisis económica de Estados Unidos. Segundo, el gigantesco endeudamiento latinoamericano. Tercero, el colapso de la Unión Soviética. Por el primero, el país del Norte buscó desesperadamente reconquistar su patio trasero amenazado por la ofensiva política soviética y ponerlo al servicio de su economía. Por el segundo, se le presentó la oportunidad de poner contra la pared en todo terreno a América Latina para que respondiera por esas sumas ingentes de capital. Por el tercero, desapareció el desafío político y recuperó su hegemonía mundial, lo que le ha permitido competir ventajosamente con Europa y Japón en el plano económico.

Un déficit fiscal enorme, una balanza comercial cada vez más deficitaria, una disminución peligrosa de su productividad, un inmenso gasto militar para contrarrestar el poderío soviético, la debilidad del dólar ante el embate del marco y el yen, la falta de competitividad de sus productos en el mercado mundial y otros factores, manifestaban expresaban la crisis de la economía estadounidense a principios de la década del ochenta.

Al mismo tiempo reventaba la crisis latinoamericana de la deuda con la moratoria declarada por México, incapaz de pagarla. Para 1982 el endeudamiento de América Latina representaba el 50% de su producto interno bruto y había aumentado en la década un 600%, mientras la amortización de intereses y capital se había incrementado en un 1.000%, alcanzando la suma de 500.000 millones de dólares, es decir, más de 1.000 dólares por habitante al año con lo que superaba el ingreso per capita de la región. A Ar¬gentina, el servicio de una deuda de casi cincuenta mil millones de dólares para 1983 le representaba un 154% de sus ex¬portaciones; a Brasil un 117% para una suma total de ciento siete mil mi¬llones; a México un 126% para ciento diez mil mi¬llones; a Colombia el 95% para una deuda de quince mil millones de dólares. Se trataba de un peso insoportable. Por primera vez en el siglo XX América Latina se había convertido en una región exportadora neta de capital por gracia del servicio y de la amortización de la deuda. Para mediados de la década del ochenta se calculaba que la transferencia de capital a los países desarrollados, como producto de esta situación, representaba un 3% del PIB, o sea, una descapitalización de 50.000 millones de dólares al año.

Ambos factores, la crisis de la economía estadounidense y la crisis de la deuda externa, se conjugaron para producir una ofensiva sin precedentes sobre América Latina. Es lo que Francisco Mosquera denominó la recolonización. Si la crisis de los cohetes en Cuba colocó al mundo al borde de una guerra atómica, la crisis de la deuda había puesto a temblar el sis¬tema financiero internacional. Sólo las obligaciones financieras internacionales de Brasil, México y Venezuela representaban cada una entre el 150% y el 245% del capital suscrito de los cinco bancos más importantes de los Estados Unidos, mientras las de los países latinoamericanos entre un 70% y un 180% de los cuatro bancos principales de Gran Bre¬taña. Es decir, que para la banca comercial, una moratoria como la de México o Brasil, significaba la posibilidad de una bancarrota.

Jamás había quedado América Latina tan inerme en el panorama internacional como a consecuencia de la crisis de la deuda externa; nunca se había encontrado la soberanía de los países de la región tan al vaivén del sistema financiero internacional; pocas veces la diplomacia del dólar, en esta ocasión manejada por el Fondo Mone¬tario Internacional y el Banco Mundial, había tenido tanta injeren¬cia en los asuntos internos de los países latinoamericanos.

Por primera vez quedó plenamente al descubierto el poder norteamericano sobre la banca multilateral y comercial. Estados Unidos respondió con el plan Baker, primero, y con el Brady, después. Toda solución posible formulada en reuniones internacionales, asambleas técnicas, parlamentos regionales o instituciones financieras, incluyó invariablemente la exigencia de un plan de ajuste de las economías deudoras y de una vigilancia por parte de los dos organismos superiores de las finanzas interna¬cionales, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial.

Si en¬tre el fin de la Segunda Guerra Mundial y el comienzo de la crisis de la deuda, los dos organismos habían impuesto onerosas y permanentes condiciones a los países subdesarrollados, unas veces mediante cartas de intención, otras reteniendo los desembolsos correspondientes a los créditos o bloqueando la negociación de los présta¬mos, se destapó esa ligazón íntima entre la banca comercial, la banca multilateral, los organismos internacionales de crédito y Estados Unidos, que literalmente sitiaron a América Latina. No puede extrañar que el informe del Banco Mundial de 1991 señala una meta de crecimiento del 4.5% a los países subdesarrollados de América Latina supeditada a que en los países desarrollados no crezca el déficit fiscal, no suban los intereses y mejoren las condiciones internacionales del comercio libre, condicionando de este modo el avance económico a la internacionalización,

En Colombia la negociación de los cuatro famosos créditos de la década, el Jumbo, el Challenger, el Concorde y el Hércules, en medio de la crisis latinoamericana, ilustraron a la perfección el dominio ejercido por Estados Unidos en la economía mundial, especialmente, en los organismos internacionales de crédito. En estas condiciones, Virgilio Barco, con su ministro de Hacienda César Gaviria, inició el proceso de la “apertura económica” como condición para el desembolso del crédito Challenger.

Lenta pero seguramente Estados Unidos diseñó una táctica para afrontar la nueva situación, la propia y la del Hemisferio. Las circunstancias mundiales vendrían a completar el panorama con el arribo de Gorbachov al poder en la Unión Soviética y el derrumbamiento de su imperio en sólo cinco años. George Bush propuso un Nuevo Orden Mundial basado en el libre mercado y la empresa privada. Así mismo, lanzó la Iniciativa para las Américas dirigida a convertir el Hemisferio en un solo mercado sin fronteras, para los capitales y para las mercancías. América Latina entera recibió alborozada las dos propuestas y el sistema interamericano en reunión tras reunión aceptó y adoptó las propuestas de Bush. Se repetía la historia de todo el siglo XX. Pero ahora Estados Unidos tenía en sus manos todas las riendas de la situación y no las iba a soltar.

El asedio de Estados Unidos en conjunción con el sistema financiero internacional sobre los países deudores fue tomando la forma política y económica más apropiada a los intereses de los prestamistas. Como en ocasiones anteriores, las fórmulas económicas han requerido de cam¬bios políticos y viceversa. Para enfrentar la crisis de la deuda las constantes fueron una estrategia económica neoliberal, reformas constitucionales para adecuar la política al nuevo paradigma, la elección como jefes de estado de personajes aparecidos repentinamente a la escena política fáciles de manipular y la proliferación de grupos regionales y subregionales orientados al libre comercio. En los países más endeudados, como México, Argentina y Chile, fue donde se inició el experimento. Pero la concreción de toda esta fórmula de sometimiento tomó en Colombia el nombre de “apertura económica”, “apertura educativa”, “salto social” para eliminar las fronteras y apaciguar la miseria resultante.

Eliminación de aranceles para dar libre paso a los productos estadounidenses, venta -privatización- de los bienes del Estado para responder por la deuda, reformas laborales para abaratar la mano de obra y mejorar lo que López Michelsen llamó “la ventaja comparativa” de nuestro país, desmonte del control de cambios con miras a dolarizar la economía, reformas constitucionales para adecuar el sistema jurídico a la nueva realidad, reforma tributaria concomitante, en fin, como lo llamó el artífice colombiano de toda esta parafernalia, César Gaviria, un “revolcón”, constituyeron la materialización de la pócima.

Durante todo este siglo el factor ideológico ha representado un elemento determinante de la dominación imperialista. En ocasiones el keinesianismo o la sustitución de importaciones o el deterioro de los términos de intercambio o las ventajas comparativas de la mano de obra barata o los planes de desarrollo o la integración regional, para cada momento los economistas criollos y los jefes de Estado han contado con la justificación teórica para plegarse a los dictámenes del amo del Norte. Pero en ningún momento antes el país había sufrido una invasión ideológica de las proporciones de la internacionalización, de la globalización, del descrédito de la soberanía nacional, del montaje de la antipolítica, del carácter mítico de una nueva Constitución, del relativismo de las normas vigentes. Es el economismo propagado por la escuela de Harvard que se ha propuesto indoctrinar los dirigentes de toda América Latina para facilitar el anexionismo económico. En América Latina a estos paladines de la avalancha ideológica se les denomina los “tecno-yupis” y en Colombia “la panda de los Andes”, por haberse graduado la mayoría en la Universidad de los Andes.

Todo el andamiaje se ha montado sobre las dos premisas fundamentales de la doctrina neoliberal, a saber, que la economía se regula y se equilibra espontáneamente por las fuerzas del mercado y que la competencia libre por iniciativa privada sin intervención del estado regula el intercambio y, en este caso, principalmente el comercio internacional. No importa que estos países no produzcan, si pueden comprar lo que necesitan más barato en el extranjero, es la prédica. De ahí ha resultado lo que la revista Time en abril de 1991 llamó “la venta en realización” de toda América Latina a las multinacionales con la subasta de las empresas estatales para pagar deuda externa y emprender “obras sociales”. La misma publicación advertía: “que no les pase lo que al individuo que vende su casa para comprar automóvil y, cuando el automóvil se acaba, ya no hay de donde sacar para comprar uno nuevo”. Así se entiende la ofensiva ideológica contra la soberanía de la nación, a la cual se le atribuye que obstaculiza la internacionalización, impide el mercado libre, fomenta la ineficiencia y recarga los costos.

La arremetida estadounidense para recuperar su patio trasero en el terreno político contra la Unión Soviética y en el terreno económico contra sus competidores europeos y japonés, ha dado frutos con creces. El peligro soviético se esfumó. Y Estados Unidos ha pasado al primer lugar una vez más, por encima de Alemania y Japón en los índices de productividad, en empleo, en la recuperación del ingreso por habitante y, sobre todo, en la participación de las exportaciones mundiales manufactureras. Ello se debe a la superexplotación de sus trabajadores y a la agresiva política imperialista en el mundo, especialmente, en América Latina. En esta forma logró, después de más de un siglo, consolidar su patio trasero y avanzar en sus más anhelados objetivos: una zona de libre comercio, el flujo libre de inversión de capitales y un control político como su garantía.

En estas circunstancias llegó Colombia a mediados de la década del 90, embarcada en el mismo proceso de toda América Latina, no obstante no haber alcanzado su economía las proporciones de la crisis mexicana o argentina. Pero cada una de las determinaciones estratégicas económicas y políticas tomadas a lo largo de este siglo, especialmente, las de la última década, la habían amarrado indefectiblemente a los dictámenes de Estados Unidos. Resultó muy fácil para el gobierno norteamericano imponerle a Barco, Gaviria y Samper la guerra contra el narcotráfico y dictarle las medidas que debían tomar en la política antinarcóticos. Una vez más en esta historia, los norteamericanos han convertido la lucha contra el narcotráfico en el país en un asunto de su seguridad nacional. Sobre esa base, invadieron en este período a Somalia, Panamá y Haití e hicieron la Guerra del Golfo. Con todas las riendas en sus manos, el imperialismo norteamericano como nunca antes en la historia de Colombia, impondrá las condiciones, apretará las clavijas, exigirá reformas, cambiará los mandatarios, se rodeará de lacayos, acudirá a toda clase de justificaciones. Igual que en Panamá para secuestrar a Noriega, no tendrá escrúpulos en acudir a una invasión.

Conclusión

La dominación imperialista en este siglo, como el colonialismo en los siglos pasados, no solamente norteamericana, sino también europea, no es una ficción o una novela producto de mentes calenturientas. En el caso de Colombia ha obedecido a una estrategia trazada ex profeso por Estados Unidos a todo lo largo del siglo XX, cuyo éxito, a pesar de los contratiempos momentáneos, ha sido completo. Si hay un elemento que no haya permitido el desarrollo económico del país es el de la opresión extranjera, el del endeudamiento externo, el de una política trazada para resolverle los problemas al imperio, no para definir un futuro autónomo. Por convicción ideológica, por intereses propios, por sumisión de lacayos, los gobernantes colombianos, sin excepción en este siglo, se han puesto de acuerdo con los intereses norteamericanos en contra de los nacionales. Esta ha sido la tragedia nacional que llega al final del siglo en la peor crisis política de los últimos cien años.

Desde la pérdida de Panamá el pueblo colombiano ha dado permanentes manifestaciones de defensa de la soberanía nacional, en protestas callejeras, en revueltas nacionales, en paros contra las medidas antinacionales, en huelgas de los sindicatos, en marchas campesinas, en luchas por la tierra, en organizaciones políticas de oposición, en el movimiento estudiantil, en la conformación de movimientos antiimperialistas. Es necesario persistir en la conformación del más amplio frente en defensa de la soberanía nacional, como una tarea histórica y patriota, hoy como nunca cuando el dominio norteamericano es visible aún para los más escépticos.

Agosto de 2002

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