TLCAN, ALCA y OMC: un solo frente
Peter Rosset*; La Jornada; diciembre 12 de 2002
Hoy en día los pueblos de las Américas, desde Alaska y Canadá hasta la Tierra del Fuego, somos víctimas de la consolidación de un solo modelo económico y social que subordina las necesidades de la gente a los intereses de las grandes corporaciones trasnacionales y los poderosos bancos financieros. El mismo fenómeno ocurre a nivel global, pero es brutal en las Américas, dado que el gobierno de Estados Unidos -y las trasnacionales de capital estadounidense que están detrás del gobierno- buscan crear reservas privadas para que las corporaciones estadunidenses cuenten con una desleal ventaja competitiva en su guerra comercial contra sus competidores europeos y japoneses.
Si bien el modelo neoliberal tiene muchos componentes -recorte drástico de presupuestos en servicios básicos, privatización de empresas e instituciones estatales, y hasta del agua y la vida misma- su centro es la famosa “liberalización del comercio”, porque las grandes empresas de los países del norte tratan de conquistar los mercados del sur.
Desde fines de los 70 Estados Unidos buscó abrir los mercados del sur, lo que ha significado una presión indómita sobre estos países para que eliminen todo tipo de barreras a empresas y productos extranjeros: aranceles (impuestos sobre bienes importados), cuotas (límites anuales o mensuales sobre las cantidades de bienes determinados que se pueden importar), contratos preferenciales para la compra de bienes nacionales, y todo subsidio o preferencia que esos gobiernos daban a sus productores nacionales, sean industriales o agrícolas.
Al principio la presión se ejercía mediante la subordinación del Banco Mundial y el FMI a los intereses de Estados Unidos y las trasnacionales, utilizando los famosos “ajustes estructurales” para forzar la apertura de los mercados del sur. Posteriormente la presión pasó al terreno del ahora exánime del GATT (Acuerdo General sobre Comercio y Aranceles), convertido ahora en Organización Mundial del Comercio (OMC), y las negociaciones de acuerdos regionales (TLCAN entre México, Estados Unidos y Canadá, y ahora ALCA para todas las Américas) y bilaterales, en las que Estados Unidos se sienta con los gobiernos de los países para presionarlos uno por uno.
A pesar del cambio de terreno, la meta ha sido la misma: abrir los mercados para que puedan ser usurpados por las corporaciones e inversionistas del primer mundo, especialmente Estados Unidos. Los resultados han sido devastadores, sobre todo en países miembros de los nuevos acuerdos, como en el caso de México con el TLCAN. Desde 1994, cuando entró en vigor, el porcentaje de la población mexicana que vive en la miseria aumentó de forma exorbitante y se ha producido una quiebra general de la pequeña y mediana empresas, resultando en la pérdida masiva de empleos. Por si fuera poco, el campo ha sido inundado con maíz importado de Estados Unidos a precios subsidiados por el gobierno estadounidense, de tal manera que centenares de miles de campesinos ya no pueden competir en el mercado de maíz -alimento básico del pueblo mexicano- y han sido obligados a abandonar sus tierras. Y 2003 será peor.
Habrá que entender bien que Estados Unidos busca lo mismo de todos los países: abrir sus mercados para que las empresas extranjeras puedan conquistarlos, desplazando a los productores nacionales de sus propios mercados. El resultado siempre será el mismo: mayor desempleo, salarios más bajos, más desplazamiento del campesinado -o sea, un costo social altísimo, pérdida enorme de soberanía y el retraso total de la búsqueda de un desarrollo económico nacional equitativo con espacio para todos. Hay que entender el TLCAN, el ALCA, la OMC y los acuerdos bilaterales como parte de lo mismo. Estados Unidos acosa a los gobiernos de cada país, y lo que no puede obtener en las negociaciones del ALCA lo quiere ganar en la OMC, y lo que no puede sacar de ninguno de los dos lo busca con una negociación regional o bilateral.
Firmar los acuerdos de la OMC en el ministerial a celebrarse en Cancún en septiembre 2003 significaría consolidar todos los países dentro de una gran economía global con la que Estados Unidos quiere asegurarse reservas privadas para que sus corporaciones tengan mayor acceso que las de Europa o Japón, garantizando su dominio. En otras palabras, estas reservas privadas podrían ser el TLCAN y el ALCA, lo cual hace más evidente que éstos, junto con la OMC, son parte de la misma arquitectura neoliberal global. No importa desde qué ángulo lo veamos: hay que suspenderlos o abrogarlos si queremos tener la esperanza de crear una nueva América.
El TLCAN, ALCA y la OMC son un solo frente de lucha contra la consolidación del modelo excluyente del neoliberalismo a nivel continental y global. La suspensión del capítulo agrícola del TLCAN y las derrotas del ALCA y de la OMC, ese último en Cancún el año entrante, representarían pasos importantes hacia la otra América, que es posible.
* Codirector de Food First-Instituto de Políticas de Alimentación y Desarrollo, Estados Unidos
TLC: décimo aniversario
Sergio Zermeño; La Jornada, diciembre 12 de 2002
El próximo 17 de diciembre se celebra el primer decenio de la firma del Tratado de Libre Comercio de América del Norte y dos decenios de nuestra entrada a la globalización, cuando en 1982 Miguel de la Madrid decidió que México debía abatir sus aranceles, integrarse de manera competitiva a la economía internacional, reducir drásticamente la participación estatal en la economía y atemperar los postulados del nacionalismo revolucionario. La sociedad se volvió esclava de los postulados de la economía y giró en torno a una sola concepción, puesta en práctica por Thatcher, Reagan y Pinochet: la economía de mercado, abierta a la competencia sin fronteras, sería la solución al déficit fiscal y el motor de un crecimiento que poco a poco gotearía hacia los desposeídos. Hoy, en sus cuatro puntos neurálgicos, el balance del experimento es aterrador:
1) El producto per cápita se estancó, es decir, el tamaño del pastel decreció uno por ciento en los años 80, fue de 1.4 por ciento durante la década de los 90 y ha decrecido nuevamente en los últimos dos años (R. González, Informe del Banco Mundial, RMALC, La Jornada 1/ 12/ 02).
2) Las rebanadas de ese pastel, que no crece, también son más desiguales (tal como asegura el premio Nobel Joseph Stiglitz: en nuestro país el 10 por ciento más rico acaparó 39 por ciento del ingreso nacional contra 33 por ciento en 1984, mientras el Comité Técnico para la Medición de la Pobreza, de Sedesol, informa que en esa situación se encuentra 57 por ciento de los mexicanos, 2 por ciento más que en 1992, aunque los datos de Julio Boltvinik aseguran que en esa categoría se encuentra 77 por ciento de los mexicanos).
3) Debido a la búsqueda por abatir costos y atraer capitales en la competitividad salvaje, se ha deteriorado aceleradamente nuestro medio ambiente y han mermado nuestros recursos naturales, ya que cuesta a México 63 mil millones de dólares (10 por ciento del PIB, tres veces la producción de petróleo) paliar anualmente el deterioro ambiental causado por este modelo de “desarrollo” (Banco Mundial, La Jornada, 3/11/02).
4) Atestiguamos el más horrendo deterioro material y moral de cuatro de cada cinco mexicanos, ya que los productores maiceros están desahuciados debido a los precios de importación del grano; entre 3 y 5 millones de jornaleros pasean sus harapos por unos cultivos que, en su mayoría, están condenados a partir del 1º de enero; más de un millón de jovencitas, amenazadas de muerte, están siendo despedidas en las barracas maquiladoras de la frontera, peligrando varios millones de empleos a su alrededor, debido a que nuestra miserable mano de obra no podrá competir con la aún más barata de China, Centroamérica, etcétera; 70 por ciento de nuestros jóvenes están cayendo en la informalidad, ese terreno resbaloso entre lo legal y lo fuera de la ley, sabedores de que sólo uno de cada 100 delincuentes es encarcelado por nuestro sistema de procuración de justicia (porque no tiene para comprarla); el contenido nacional de nuestra manufactura cayó de 91 a 37 por ciento en esos 20 años (RMALC), mientras las grandes cadenas comercializadoras adquiridas por el capital trasnacional pasaron de 40 a 60 por ciento del control sobre el comercio establecido. Hoy podemos decir que Carlos Salinas y secuaces lograron en unos cuantos años lo que no pudo más de un siglo de socialismo en el mundo: acabar con la burguesía nacional.
Pero eso no es todo: el director de la FAO acaba de aceptar que la meta de reducir a la mitad el número de personas desnutridas y la pobreza en América Latina y otras regiones no podrá alcanzarse, en el mejor de los casos, sino hasta el año 2050.
A 20 años de apertura y a 10 del TLC al discurso neoliberal no parece quedarle más que desnudas amenazas: aunque las cosas vayan tan mal, repiten frente al espejo, nadie presenta alternativas viables y cualquier intento por alterar los postulados básicos del modelo o incumplimiento al pago de la deuda se paga con la argentinización. Es que estos economistas formados en el país del norte, empleados en los institutos paraglobales de nuestro país, que hoy se apapachan en Washington con Carlos Salinas y Bush celebrando 10 años de errores, no pueden entender que otro acuerdo social es posible: un orden orientado hacia la elevación de la calidad de la vida de las personas y no hacia el imposible logro de la competitividad en mercados mundialmente abiertos.
En otros escritos trataremos de explicar de qué manera la sociedad debe retomar el poder que hoy se concentra en el capital y en la política; tomar el control, en estos 50 años, sobre sus recursos, sus espacios y sus territorios, en regiones, municipios, colonias… como lo hemos comenzado a hacer en algunos puntos y en lo que Brasil va más avanzado. Controlar el gobierno sólo sirve cuando la sociedad se ha empoderado, de otra manera conduce a la desestabilización política y financiera.