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Moisés Wasserman, Bogotá, D. C., El Tiempo, 7 de julio de 2022
Hay una correlación entre el nivel de ciencia básica que hacen los países y su capacidad de innovar.
Hoy se lanza en Colombia el Año Internacional de las Ciencias Básicas para el Desarrollo Sostenible, adoptado en una resolución de la conferencia general de la Unesco a finales del 2019. Todos los países participarán en la celebración, con actividades diversas, no solo académicas, para resaltar su importancia y su papel en el logro de los objetivos mundiales de desarrollo sostenible para el 2030.
Las ciencias básicas, que algunos llaman ciencias fundamentales y hasta ‘ciencias puras’ (denominación no muy querida por los científicos), son las que no tienen fines prácticos inmediatos. Su propósito es conocer la naturaleza, entender la realidad física. En algunos países desarrollados, les dicen “ciencia motivada por la curiosidad”.
El nombre que se le dio al año parece contradictorio, porque les da un propósito práctico a las ciencias básicas, el de promover el desarrollo. En realidad, lo que pretende la Unesco es resaltar la importancia del conocimiento fundamental para lograr un desarrollo que cuide la naturaleza y las sociedades humanas.
En la Misión Internacional de Sabios 2019, el documento del Foco de Ciencias Básicas y del Espacio empieza con un alegato sobre por qué le conviene a un país en vías de desarrollo como Colombia hacer ciencia básica. Ese es un alegato que se repite desde que la ciencia es un tema de discusión entre nosotros. A primera vista parece sensata la posición de quienes sostienen que teniendo pocos recursos, y una inversión extraordinariamente baja en ciencia, debemos apuntarle solo a lo que dé resultados inmediatos y que demuestre utilidad económica. En la universidad, a los básicos nos decían que jugábamos con electrones en espacios indefinidos, y no resolvíamos nunca problemas “reales”.
Sin embargo, hay una correlación muy fuerte entre el nivel de la ciencia básica que hacen los países y su capacidad de innovar y de incorporar innovaciones radicales, en industria, en producción de alimentos y en general en tecnologías de alto impacto. Esa correlación se debe a que las ciencias básicas inculcan en los profesionales el interés y las capacidades para explorar aquello que aún no existe y por tanto para inventar. Por otro lado, es un hecho que en la base de todos los grandes avances tecnológicos modernos hay una revolución científica muy básica, una forma nueva de entender los fenómenos naturales.
En algún momento se decía, medio en serio y medio en chiste, que las teorías de Einstein solo las entendían él y ocho de sus amigos. Pero hoy todo el mundo usa con la mayor de las naturalidades el Waze para que lo guíe con precisión a su destino. La descripción de la molécula de ADN por Watson y Crick parecía un esquema con ángulos y distancias entre átomos y unos “incomprensibles” puentes de hidrógeno, pero hoy la seguridad alimentaria de la humanidad depende de una agricultura biotecnológica que solo es posible porque se entendió esa molécula. Lo mismo se puede decir de las vacunas modernas y de la inmensa batería de productos biotecnológicos que son parte de los tratamientos médicos cotidianos. Usamos nuestros teléfonos inteligentes, computadores y tabletas y nos sumergimos en internet con toda la naturalidad, pensando muy poco en toda la cuántica y la matemática que hay tras su diseño y la física y química fundamentales en la construcción de una pantalla táctil.
Las ciencias básicas no son un lujo para países ricos, más bien son la condición para que los países pobres se enriquezcan. Ojalá esta celebración internacional de las ciencias básicas nos lleve a cambiar la pobre valoración que tradicionalmente hemos hecho de ellas. Como no somos ricos, no podemos darnos el lujo de no invertir en su desarrollo; ese ahorro nos saldría demasiado costoso.
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