Guillermo Guevara Pardo, Bogotá D.C., julio 12 de 2020

“Quien diga que la ciencia le quita poesía a la vida no sabe de ciencia ni de poesía”, (Paulo Muñoz).

Un comentario breve al libro “El nacimiento del pensamiento científico”, de Carlo Rovelli.

La física moderna se apoya sobre dos pilares de gran solidez: la teoría de la relatividad y la mecánica cuántica. Estas catedrales góticas de la ciencia se construyeron con los fantásticos aportes de mentes brillantes como fueron las de Einstein, Planck, Bohr, De Broglie, Born, Heisenberg, Schrödinger, Dirac, Pauli y tantos otros. Hoy, otras mentes tan brillantes como las de aquellos se afanan por unificar esas dos grandiosas empresas de la razón humana, proponiendo teorías que apuntan a dar una explicación más profunda del cosmos en que vivimos. De lograrse, se entendería con mayor claridad los particulares eventos físicos que hace 13.800 millones de años estuvieron tras lo que se llama el big bang, incluyendo lo que pudo haber antes de ese momento inicial; la naturaleza de un agujero negro dejaría de ser un misterio; comprenderíamos mejor la estructura fina de la malla del espaciotiempo a nivel de la inimaginablemente corta longitud de Planck; la materia oscura y energía oscura empezarían a ser más claras; se conocerían nuevos fenómenos físicos, etcétera. Una de las teorías que busca esa unificación recibe el nombre de gravedad cuántica de bucles de la cual Carlo Rovelli es autor junto con Lee Smolin y Abhay Ashtekar. El doctor Rovelli (Verona, Italia, 1956) es un físico teórico adscrito a la Universidad de Aix-Marsella (Francia) interesado no solo en explorar la intimidad material de las complejidades de los fenómenos cuánticos y relativistas, sino también un apasionado por la historia y la filosofía de la ciencia. En este último aspecto se opone a la posición de destacados científicos como el laureado con el Premio Nobel de Física, Steven Weinberg, que en su texto “El sueño de una teoría final” asevera que «no me parece que sea útil para los físicos un conocimiento de la filosofía…», mientras Stephen Hawking en “El gran diseño” considera que «la filosofía ha muerto» pues esta «no se ha mantenido al corriente de los desarrollos modernos de la ciencia…» y hasta el astrofísico Neil deGrasse Tyson, famoso por ser el presentador de la moderna serie Cosmos, mete baza en el asunto al declarar públicamente que todo lo aprendido en ciencia ha llevado a que la comunidad de los filósofos se haya «vuelto esencialmente obsoleta». Rovelli, por el contrario, cree que «la filosofía puede facilitar métodos para producir nuevas ideas, nuevas perspectivas, y pensamiento crítico».   

Lo que se conoce como ciencia moderna arranca con los trabajos de Copérnico, Kepler, Galileo y Newton quienes en los siglos XVI y XVII llevaron a concebir el universo como materia en movimiento gobernada por leyes naturales, revolución que en el XIX habría de extender Darwin al reino de los seres vivos. Pero la visión científica del mundo tiene sus primeros y vacilantes pasos en la Grecia de la Antigüedad. Por eso y tanto más, Federico Engels dice que irremediablemente hay que volver «los ojos hacia las ideas de aquel pequeño pueblo, cuyo talento y cuyas proyecciones universales le aseguran en la historia progresiva de la humanidad un lugar como ningún otro pueblo puede reivindicar para sí».

El pensamiento racional floreció de manera muy especial en la ciudad de Mileto, que para el siglo VI antes de nuestra era (a.n.e.) se había posicionado como una de las más importantes y ricas urbes griegas. Mileto fue un destacado puerto comercial donde se cruzaban culturas y se intercambiaban mercancías provenientes desde cercanos y lejanos reinos; además, en buques y caravanas de camellos también viajaban otros géneros, intangibles, pero de gran importancia: ¡ideas! La ciudad contaba con unas condiciones económicas y políticas distintas a las de otras civilizaciones, que catalizaron la materialización de ideas novedosas en los campos de la ciencia, el arte y la filosofía. Tal ambiente cultural permitió a Tales, Anaximandro y Anaxímenes preocuparse más por el Sol, la Luna, las estrellas, la posición de la Tierra, los fenómenos meteorológicos, los terremotos, la composición de las cosas, el origen de la vida y del hombre, que por la autoridad y el mal carácter de Zeus.

Anaximandro de Mileto nace en el año 610 a.n.e. (falleció en su misma ciudad en 545 a.n.e.) en el momento de un extraordinario renacimiento de la civilización griega, especialmente en las colonias asentadas en Jonia, de cara al mar Egeo, en el actual territorio de Turquía. Rovelli sostiene que el discípulo de Tales fue quien abanderó la primera gran revolución de la historia de la ciencia, cuando concluyó que la Tierra era un objeto sólido que flotaba en el espacio contradiciendo el sentido común y lo que sostenían diferentes culturas en todas partes del mundo. Para contrastar: la gran civilización china solo alcanzó ese conocimiento en el siglo XVI cuando el jesuita Mateo Ricci llegó con la astronomía occidental hasta su territorio. Anaximandro propone para los fenómenos naturales una explicación racional, que no recurre al mito y a lo divino: se trata de comprender el mundo partiendo de las cosas del mundo. Con Anaximandro, según Rovelli, nace el pensamiento naturalista anticipándose en muchos siglos a los genios de la Revolución Científica. No resta méritos a las explicaciones de los filósofos milesios que fueran burdas e inexactas, sin mucho grado de precisión; lo importante es que ellas surgen en conexión con la naturaleza y sustentadas en la capacidad absoluta de nuestra mente para conocer y reflejar la materia, definida esta, en palabras del físico francés Gilles Cohen-Tannoudji, como «el conjunto de la realidad objetiva, las cosas, los acontecimientos». Desafortunadamente siglos después, el Imperio Romano en decadencia y ya bajo el manto del cristianismo, vuelve a poner la explicación del mundo en manos de lo divino, y Europa sumerge la razón en un largo periodo de oscuridad. La semilla sembrada por Anaximandro hibernó por siglos hasta que nuevas condiciones, en un mundo distinto, le permitieron florecer con renovado vigor.

El profesor Rovelli recurre a su amplia sapiencia histórica, filosófica y científica para llevar al lector, a través de las páginas de su libro, y desde la figura de Anaximandro, a una reflexión acerca del origen y naturaleza del pensamiento científico, que le permite llegar a sostener que: «La ciencia greco-alejandrina, primero, y la ciencia moderna, después, se apropiaron del proyecto de Anaximandro, lo ampliaron, lo completaron y lo desarrollaron, y han conseguido no solo una comprensión profunda y detallada de innumerables aspectos de la realidad, sino también, como efecto colateral, toda la tecnología de nuestro mundo moderno, que determina nuestra vida cotidiana».

Pensamiento científico que, como un hilo de Ariadna, recorre el laberinto de los siglos de la historia humana entre el filósofo milesio y el científico italiano. Al pensador de ayer, la nueva forma de entender el mundo le permitió proponer la noción del ápeiron como principio y final de todo y, al científico de hoy, imaginar que en lo más íntimo de ese todo hay una fina malla tejida de bucles cuánticos.

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