José Arlex Arias, Cartagena, enero 28 de 2019
Cada día los colombianos amanecemos con hechos que en un país desarrollado causarían una conmoción; pero no, en este “mejor vividero del mundo” se agotó la capacidad de asombro, porque a este, “el país más feliz del mundo”, lo tiene dominado una mentalidad semifeudal, con la ética del gamonalismo, el compadrazgo, la corrupción, la mermelada y la compra de las elecciones. De esto ha sacado partido el imperio estadounidense para moldearnos a su acomodo, como lo viene haciendo desde que “se nos tomó a Panamá”; y ahora con su ética neoliberal, resumida en la obtención de la máxima ganancia, no importa pasar por encima de cualquier obstáculo, incluida la propia vida, por lo tanto, de los derechos fundamentales.
Una Nación es un “conjunto de personas de un mismo origen étnico que comparten vínculos históricos, culturales, religiosos, etc., tienen conciencia de pertenecer a un mismo pueblo o comunidad, y generalmente hablan el mismo idioma y comparten un territorio” (Wikipedia); nuestra Nación padece graves sufrimientos por la carencia de la presencia del Estado, que no controla todo el territorio, por no tener el monopolio de las armas al ser reemplazado por ejércitos privados –subversivos, antisubversivos, narcotráfico, crimen organizado, pandillas y delincuencia común–. Los conflictos se degradaron en masacres, violaciones de derechos humanos y atentados terroristas, como el del 17 de este mes en la Escuela de cadetes General Santander, que dejó 21 personas muertas. Atentados que condenamos los que defendemos que, bajo ninguna circunstancia, ni con ningún objetivo, se justifica el terrorismo, provenga de donde provenga, porque las diferencias deben ser expuestas y definidas por la vía civilizada.
Colombia sufre una falta de soberanía y autodeterminación por el dominio de EEUU, a través del Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y sus multinacionales, con los cuales se llevan nuestros recursos naturales, emplean una mano de obra barata, arrasan la producción nacional y nos someten con la onerosa deuda externa que a octubre del año pasado llegó US$129.000 millones –un 38% del PIB–, de la cual la pública es US$73.391 millones, lo que indica que estamos trabajando para satisfacer su voracidad. Pero además, seguimos teniendo enclaves coloniales que, con los Tratados Comerciales y las Concesiones, han generado las condiciones para que nos impongan normas por encima de nuestra propia Constitución Nacional, imposiciones que han llevado prácticamente a la quiebra a la incipiente industria que, junto al aparato productivo, habían logrado germinar. Los industriales perdieron hasta la agremiación, que sigue llamándose ANDI, pero traduce Asociación Nacional de Empresarios, no de Industriales. En Colombia no hay una pujante burguesía industrial, por lo tanto la política industrial es a cuentagotas; por algo entre las locomotoras del gobierno Santos no estaba la industrial, pues en las ventajas comparativas neoliberales nos pusieron a producir frutas tropicales y a ser maquila de las multinacionales; ahí encontramos la razón de las políticas Mipymes (pequeños y medianos empresarios) para montar talleres, que es la forma de producción atrasada, para ofrecer un “trabajo informal” y así contener el descontento de los desempleados. ¡Este es un debate esclarecedor en el Bicentenario de nuestra Independencia!