Rafael Andrés Alemañ Berenguer, Bogotá, D.C., 23 de septiembre de 2018
Entre la escuela neopositivista que dominó la filosofía de la ciencia en el primer tercio del siglo xx y la incipiente comunidad de físicos cuánticos, se dio una suerte de matrimonio de conveniencia por el cual aquellos filósofos recibían el apoyo de una teoría física enormemente exitosa y, a la recíproca, los físicos se veían respaldados por una filosofía de moda. El neopositivismo fue superado como filosofía de la ciencia, pero su concepción del método científico se enquistó en los escritos de los primeros patriarcas cuánticos, convirtiéndola en el credo oficial de los especialistas en el micromundo. Y como muchos feligreses de las religiones tradicionales que obedecen la liturgia sólo por costumbre, la mayoría de los físicos cuánticos o no piensan en la cuestión o se limitan a respetar de cara a la galería las doctrinas de sus predecesores, aunque en su trabajo diario no ejerza influencia alguna.
Consultando la mayoría de los textos de enseñanza de física cuántica, encontraremos una profusión de apelaciones al «observador» o a los «aparatos de medida», aderezada por sentencias como: «La realidad no existe si no es observada» o «La función de estado contiene todo cuanto es posible conocer de un sistema cuántico». Esta panoplia de afirmaciones no pasa de ser una reconversión innecesaria de enunciados estrictamente físicos en un lenguaje operacional y subjetivo enteramente superfluo. Desde luego, también en la metodología científica hay libertad para elegir el lenguaje en que se expresa, pero no para imponer la filosofía que se oculta detrás.
No faltaron los físicos de renombre que se percataron de las suposiciones filosóficas que se estaban introduciendo de contrabando en la física cuántica. Uno de ellos fue el ruso Vladímir Fock (1898-1974), cuyas réplicas a Niels Bohr influyeron en el pensamiento posterior del físico danés. Fock destacó que, tanto en la física clásica como en la cuántica, los símbolos matemáticos representan propiedades ‒por muy extrañas que nos parezcan‒ de objetos materiales realmente existentes con independencia de cualquier observador. A pesar del ingrediente aleatorio que sin duda tiene, la teoría cuántica también posee un cuerpo de leyes tan riguroso y definido como en la física clásica. Y por último, añadía Fock, las limitaciones establecidas por las desigualdades de Heisenberg se refieren sólo a la descripción clásica del comportamiento de los cuantones [palabra propuesta por Mario Bunge para referirse a las distintas partículas atómicas] mediante valores concretos de sus propiedades. Si nos aferramos a una descripción cuántica usando distribuciones de posición e impulso, por ejemplo, no hay inconveniente en aumentar sin límite la precisión de tales distribuciones.
Con su insistencia en el papel del observador y sus dispositivos medidores, la tradición neopositivista condujo a algunos autores a considerar la física cuántica como una simple teoría de la medida, muy compleja y refinada, concerniente al mundo subatómico. Como de costumbre, se partía de la falsa suposición de que la teoría cuántica sólo se ocupa de actos de medición y de los observadores que toman conciencia de sus resultados. Esta visión de las cosas demuestra ser profundamente equivocada, entre otras razones, porque no existen teorías universales de la medición desligadas del tipo de dispositivo y del procedimiento de uso escogidos en cada caso. Afortunadamente, la mayoría de los autores de finales del siglo xx ya reconocían que la palabra «aparato» podía significar cualquier cuerpo macroscópico en interacción con una micropartícula, y llamaban «medida» a ese proceso de interacción. Era una mejora con respecto a los primeros tiempos, si bien queda todavía mucho camino por avanzar hasta devolver a la teoría cuántica su carácter puramente objetivo.
*Tomado del texto “Mundo Cuántico. Guía de viaje para peatones”, de Rafael Andrés Alemañ Berenguer, colección Descubrir la ciencia.