En Colombia tiene lugar la más formidable movilización de los trabajadores de los tiempos recientes. El sacudimiento causado por el paro nacional de los servidores del Estado ha sacado a relucir la fuerza, la organización, el coraje y el heroísmo, la enorme disposición de lucha y el brío invencible que anida en los asalariados colombianos. Desde el 7 de octubre, dan fe de ello las vibrantes jornadas huelguísticas, las espectaculares manifestaciones y concentraciones efectuadas en todo el país, sin parangón en la historia de las movilizaciones de masas de los últimos lustros. Sostienen el paro trabajadores de la Caja Agraria, de las telecomunicaciones, de la educación, del petróleo, de la salud, de la rama judicial, de las contralorías y las gobernaciones, y de muchos otros sectores del Estado, con el respaldo y la activa participación de las centrales obreras CUT, CGTD, CTC y las federaciones regionales en todo el país. Sobre todo, las masivas protestas han corroborado rotundamente que la política económica del gobierno de Andrés Pastrana Arango, elegido presidente gracias a la más descarada intervención de Estados Unidos en los asuntos colombianos, no puede contar para su realización con la pasividad y la mansedumbre de los trabajadores sino que enfrenta su rechazo y su lucha resuelta y multitudinaria. El interés nacional y el de la mayoría de la población tienen su mejor defensa en este combate. Por razón tan eminente, el valeroso paro nacional de los trabajadores estatales merece el aplauso y la solidaridad de Colombia entera.
El paro de los estatales ataca frontalmente el llamado ajuste económico emprendido por la administración Pastrana Arango. En esencia, el mentado ajuste consiste de inmediato en un feroz apretón fiscal; en mantener la apertura del mercado colombiano a los productos foráneos; en la continuación de la subasta del patrimonio público con las privatizaciones, entre otras, de Ecopetrol, Telecom, el ISS, el Sena y la liquidación de la Caja Agraria; en acentuar la política recesiva mediante altísimas tasas de interés y en proseguir el desmantelamiento de los derechos de los trabajadores y el deterioro de su nivel de vida.
Las demandas de los asalariados del sector público han chocado con la intransigencia obcecada, cínica y provocadora del gobierno. Así lo confirmó el discurso del presidente el 13 de octubre. Pastrana Arango y su círculo palaciego de yuppies neoliberales encarnan hoy por hoy el principal instrumento del dominio y la injerencia gringa sobre Colombia y, por tanto, el enemigo jurado de la nación, los trabajadores y el pueblo. El gobierno de Pastrana se inicia en un momento en que el proceso de transformaciones institucionales que conlleva el modelo aperturista, particularmente el esquema de finanzas públicas, se halla en Colombia en un punto avanzado de su aplicación. No es que el déficit fiscal sea el origen del desbarajuste económico como repican los panegiristas de la liberalización de la economía; al contrario, es la apertura económica la causa de la situación deficitaria de las finanzas públicas. Éstas se desangran porque las funciones de control y regulación estatal retroceden o se suprimen en beneficio de la aristocracia financiera especuladora. Para aumentar los recaudos se generalizan los impuestos regresivos -el IVA-, se elevan las tarifas de los servicios públicos y se eliminan los subsidios. El gasto público, en cambio, ha de garantizar el pago cumplido del servicio de la deuda, sin importar, tal como manda el FMI, que se sacrifiquen la producción, la inversión pública y el empleo, las transferencias a municipios y departamentos, la salud y la seguridad social, la educación y las menguadas remuneraciones de los asalariados del Estado. Sin contar con que las consecuencias de la crisis económica mundial pondrán al país en mayores dificultades.
El gobierno de Pastrana se niega a reconsiderar el ajuste fiscal porque ello implicaría reversar la aplicación de esenciales cánones neoliberales, y el “mal ejemplo” podría cundir en América Latina. Lo cual sería simplemente inadmisible para Washington, el FMI y el Banco Mundial; en ello se juega la suerte del comercio exterior del imperio, los beneficios de sus bancos y de sus capitales especulativos y, por ende, de la relativa recuperación lograda por su economía, a la que hoy ronda de nuevo la sombra de la crisis mundial. Se trata de que los países como el nuestro continúen como mercado de las multinacionales, despensa de recursos básicos y deudores, y tributarios de la gran metrópoli americana, para que ésta prospere y gobierne el mundo. Contra este destino de pueblos esclavos se rebelan los trabajadores de Colombia; tal rebelión, magnífica y esclarecedora, indica el rumbo para cuarenta millones de colombianos.
El paro nacional y las movilizaciones de los trabajadores no han sido la escogencia de una opción temeraria sino la justa decisión de afrontar una batalla impuesta. De no librarla, las condiciones de empobrecimiento y esclavización que sobrevendrían arrojarían a la clase obrera y al conjunto de la población trabajadora a un abismo de postración, marasmo y desmoralización. Por fortuna, entre los desposeídos se abre paso la conclusión de que la urgencia de librar al país del calvario a que lo ha condenado el aperturismo neoliberal en los años noventa no se alcanzará sin luchas y que es imprescindible una resistencia masiva, organizada, poderosa, con claridad en los objetivos, que identifique el gobierno Pastranista como el agente del enemigo principal y que propicie la unidad de la inmensa mayoría de la nación. Está claro que sólo la prueba de fuerza en curso en todo el país, entre los trabajadores y el gobierno de Pastrana, traerá definiciones en torno a las cruciales cuestiones de fondo en disputa. Si el gobierno ha sacado las uñas, ilegalizando el paro, lanzando las huestes de la policía contra los huelguistas, tomándose violentamente edificaciones e instalaciones, y amenazando con despidos, la respuesta de los trabajadores ha sido más potente y masiva, inundando los lugares de trabajo y las calles con la protesta y realizando una gigantesca marcha sobre la capital. La balanza puede inclinarse favorablemente si se incorporan a la lucha las barriadas populares de las grandes urbes, y los más amplios sectores de la población trabajadora, tanto de la ciudad como del campo, convirtiendo la movilización en un gran paro cívico nacional.
El pulso que se libra coloca en los hechos a los trabajadores como vanguardia de la lucha popular en Colombia. Suceso tanto más esperanzador y necesario en cuanto que, con el alarmante tutelaje desplegado por Washington respecto de las negociaciones de paz, el gobierno de Pastrana pretende minimizar el gran significado del paro nacional estatal.
Son muchos y muy variados los sectores afectados por la política aperturista neoliberal, por la soberbia, la torpeza, la improvisación, la negación de la normatividad legal y por el exclusivismo de la minoría pastranista en el poder: desde los ganaderos que recurrieron al paro para defender la producción lechera nacional, amenazada por las importaciones, pasando por los empresarios de la industria y el agro sometidos a los mandobles de la competencia foránea, las tasas de interés usuarias y la recesión, hasta los sectores políticos tradicionales e independientes perseguidos o víctimas del régimen pastranista, como los 109 parlamentarios de la Cámara contra los cuales adelanta investigación la Suprema Corte. Dirigentes liberales y conservadores elevan sus críticas ante la catástrofe generada por la apertura y el neoliberalismo, las cuales corroboran las tempranas advertencias del MOIR sobre punto tan sustancial. En las filas de todos ellos cabe alentar la actitud de oposición y de pelea y, también con ellos, con una política de frente único, pueden hacer causa común los proletarios del país. El curso de la resistencia contra el modelo neoliberal y la apertura económica, contra el dominio norteamericano y su agente, el gobierno de Pastrana Arango, inicia a todas luces una fase de ascenso. Que el pueblo y lo mejor de Colombia den el respaldo decisivo que requiere la gran batalla de los obreros.
MOVIMIENTO OBRERO INDEPENDIENTE Y REVOLUCIONARIO, MOIR
Comité Ejecutivo Central
Héctor Valencia
Secretario General
Bogotá, octubre 17 de 1998