Prólogo del libro Evolución o Creación (2001), Editorial Planeta Colombiana S. A., Bogotá D.C., 2 de abril de 2018

La historia de la cultura privilegia varios momentos como cruciales, aquellos responsables de un giro espectacular en la historia de los hombres. La invención de la agricultura, indispensable para la vida sedentaria y la organización de la familia, figura en primer lugar; Copérnico y luego Galileo, responsables de la primera caída cuando establecen que la Tierra no es el centro del universo, que gira como un satélite alrededor del Sol, es otro; el viaje de Cristóbal Colón a las Indias y el «descubrimiento» del Nuevo mundo, se saluda como el gran acontecimiento con implicaciones de todo tipo: la redondez de la Tierra echa por el suelo las teorías hasta entonces aceptadas de una superficie plana que terminaba en un abismo insondable; el hallazgo de la fauna y la flora deslumbrante del trópico plantea interrogantes mayores, que se multiplicaron y aún están vigentes, a propósito de la variedad y cantidad de seres humanos que poblaban las tierras recién descubiertas; las organizaciones culturales que interrogaron y desafiaron a las existentes en Europa, que aún lo hacen, cuando el Viejo Mundo no ha dejado de exhibir los mismos problemas que originó por aquel entonces: exclusiones, segregaciones, racismos, fundamentalismos.

Si Europa debió considerar entonces que no era el centro de la Tierra, que sus habitantes no eran los únicos, que tenían compañía, la obra de Charles Darwin hace ciento cincuenta años reconocía la diversidad humana y biológica como un hecho fundamental para la comprensión de la vida y de su evolución. Lograba por esa vía interrogar a la humanidad y cuestionar el origen de la vida, desafiaba la teoría de la creación. A partir de entonces, para Darwin y sus seguidores, todo lo extranatural, lo sobrenatural estaría excluido del pensamiento de los hombres, de aquellos que comulgaran con la teoría darwinista; el hombre estaba solo con sus semejantes para construir la explicación del porqué de su existencia, de su origen y de su destino, no debía pedir ayuda, con herramientas creadas sólo por él debía responder a todos los interrogantes.

De todas las maravillas y asombros que en su ascenso el hombre había creado, todas del orden sobrenatural, es él mismo quien inicia su desvelamiento con el ascenso del saber, desvelamiento que no ocurría sin un sobresalto espectacular. Se le opone siempre el convencimiento de que lo que se tiene es válido, no está sujeto a sobresaltos, los traumatismos hay que evitarlos.

Como dice Naisbitt, Darwin sacó la evolución de las manos de Dios, pero no la puso en las manos de los hombres. El azar es referente obligado en la teoría de Darwin. Con el advenimiento de la Biología Molecular y la secuencia del genoma y de los genomas, el azar pasa a las manos de los hombres.

En auxilio de la teoría de la evolución, formulada por Darwin, vino la teoría de la herencia, la base física de la herencia; sin ella, estaba coja. Lo paradójico es que se formuló y defendió con una falsa concepción de la herencia, la misma que desde la antigua Grecia había viajado incólume a través de muchos, muchos siglos. Gregor Mendel merece por ello también el título de un nuevo descubridor; el monumento que empieza a construir será uno de los más sólidos de la historia humana, descubrimiento que suministra las bases para entender en un mismo movimiento la constancia de los seres vivos, la posibilidad de cambio, la permanencia e invariabilidad de ellos y la esplendorosa diversidad de las formas vivas. Es este juego el que constituye la fórmula más creadora, aún no explorada por completo en todas sus dimensiones; es esa unidad ‒unidad a pesar de estar constituida por dos elementos en apariencia contrapuestos, permanencia y cambio, conservación y variación, constancia y diversidad‒ la que hará de la Biología, de la Genética y de la evolución, un planteamiento único, y de la investigación científica sobre los seres vivos, algo excepcional.

¿Por qué de los seres humanos nacen siempre humanos; de las mariposas, mariposas; de las orquídeas, orquídeas; de los ratones, ratones? Pero, tan importante como la pregunta anterior, ¿por qué existe la diversidad dentro de una misma especie?, lo que quiere decir, ¿por qué afirmamos que todos los seres humanos somos diferentes, con excepción de los gemelos univitelinos, y por qué se diferencian las especies?

La primera afirmación con la que hay que contar es que la molécula de ácido desoxirribonucleico (ADN) es la invariable fundamental, la primera. La vida que conocemos se fundamenta en el ADN, común a todos los organismos vivos, y en las proteínas, cuya construcción es ordenada por los códigos genéticos, por la información contenida en el ADN. Aun en el caso de la existencia de algunas formas de vida basadas en ácido ribonucleico (ARN), forma natural de algunos virus, su multiplicación está mediada por un paso enzimático que las convierte transitoriamente en ADN. Esta afirmación inicial, la constancia del ADN, es el primer argumento para afirmar la validez de la teoría de la evolución.

Gregor Mendel estableció desde mediados del siglo XIX que el gen es portador invariante de los rasgos hereditarios. Esta formulación, que se conoce en Genética como la que establece que los genes son unidades definidas, discretas, que no se mezclan, echó por tierra lo que durante siglos se aceptaba, la herencia aditiva y directa de los progenitores a sus descendientes.

Seguimos con la invariabilidad, ahora para destacar el siguiente paso, después del gran aporte de Morgan y otros al dotar a la herencia de una base cromosómica. Estos avances llevaron a establecer una base física para los genes, una ubicación lineal en los cromosomas, distancias entre unos y otros con la posibilidad de la recombinación, e iniciaron la mutagénesis experimental, la inducción de mutaciones genéticas por rayos X, con lo que quedaba claro que se podía inducir la variabilidad, el cambio.

Con los trabajos de Avery y MacLeod se inicia la etapa de la identificación química de los genes, se establece que los fenotipos, en verdad la producción de enzimas, dependen de los genes. Cristaliza el período en el que un gen es equivalente a la producción de una enzima.

Pero la mayor trascendencia se tiene con el trabajo de Watson y Crick, que define la estructura de la molécula de ADN y demuestra por qué cumple con los criterios fundamentales para considerarla como la molécula de la herencia. De este trabajo debemos destacar la fidelidad de la molécula para copiarse a sí misma, de nuevo la no variabilidad, lo que se asegura porque su estructura está dada como una doble hélice donde cada cadena es complementaria de la otra, cada cadena le sirve de molde, de patrón a la nueva que se va a sintetizar. Es esa misma fidelidad, que llamamos extrema, pero no absoluta, la que permite que se produzcan errores. Hay que recordar que se trata de un sistema molecular, más allá de lo microscópico, y que esos errores se pueden perpetuar, es decir, que una vez se presentan, la molécula los incorpora, se replica con ellos, y los trasmite a las nuevas moléculas de ADN.

Las mutaciones son una fuente infinita de variabilidad genética y, de acuerdo con el postulado darwinista, este paso depende sólo del azar, es producto sólo contingente. Esta noción es de gran importancia, es un punto central de la teoría evolutiva, desarrollada, como se sabe, por los neodarwinistas, y es también la que origina las mayores dificultades para su aceptación, la que produce los mayores traumatismos. Como dice Monod, «nosotros nos queremos necesarios, inevitables, ordenados desde siempre. Todas las religiones, casi todas las filosofías, una parte de la ciencia, atestiguan el incansable, heroico esfuerzo de la humanidad negando desesperadamente su propia contingencia».

El primer paso en la teoría de la selección natural es la variabilidad, que hoy podemos llamar variabilidad de los genomas, y el segundo es la selección propiamente dicha. El primero se da por completo al azar, es la contingencia pura, no es coincidente, no es teleonómico, no tiene guía alguna. El azar no está excluido sino vigente a plenitud en el pensamiento darwinista. Otra cosa ocurre, por ejemplo, en el universo del matemático Laplace, donde por definición el azar está excluido, no existe. Cualquier hecho coincidente, fortuito, sin que lo guíe ninguna fuerza, se convierte en necesario. Tenía que ocurrir ¡por necesidad! Puede ser el argumento típico para aquellos que sostienen la existencia de la predestinación o del destino a secas. La muerte trágica y casual de una persona se afirma como producto del destino, estaba escrita, era ineludible, le tocaba. De esta manera, la argumentación del destino como algo que determina el curso de los hombres y de la historia nos hace marionetas de hechos coincidentes, presentados como necesarios, porque «nosotros nos queremos necesarios, inevitables, ordenados desde siempre».

Con la entrada en escena de la mutación, el panorama evolutivo integraba el elemento faltante, el sostén indispensable para la selección natural, el que le permitiría explicar, además, por qué dos especies separadas geográficamente, terminan diferenciándose una de la otra. Permitió, además, desplazar el interés de los individuos hacia la población. Si se toma desde el ángulo de los individuos, una mutación es un hecho fortuito, tanto que para una sola bacteria es del orden de 10-6 a 10-8, lo que se multiplica si consideramos que un cultivo bacteriano tiene con facilidad millones de ejemplares, o que en una pequeña cantidad de agua estancada son millones los ejemplares que pueden encontrarse. El genoma del humano, sabemos hoy, tiene entre treinta y cuarenta mil genes activos, y para algunos la tasa de mutación es de 10-4 a 10-5. Si se considera a toda la población humana, con el número de generaciones celulares en cada línea germinal, tenemos una cifra colosal, entre doscientos y dos mil millones de mutaciones en cada generación, a pesar de que el mecanismo de replicación del ADN es de gran fidelidad.

En realidad, el caos suscitado con la obra de Charles Darwin tenía que ser fenomenal. Los más grandes espíritus de la época no pudieron con ello, y aún hoy, muchos de los más grandes espíritus tampoco lo hacen. Recordemos una vez más que Einstein dijo: «Dios no juega a los dados». La ruptura era y es única, y total. Frente a todos los planteamientos que la precedieron y a muchos de los que la sucedieron, la batalla no tiene cuartel. Piénsese tan sólo en que todas las religiones existentes pregonan una finalidad inmanente, una teleonomía, un devenir que está ya anunciado. Y no hay nada más incrustado en la historia de los hombres que hechos como éstos, aun desde antes del surgimiento de las religiones como tal.

Teoría de la evolución y teoría genética propinan un golpe mortal a las concepciones de lo innato y de lo adquirido; teorías que, a pesar de todas las demostraciones en contra, siguen con adeptos a granel, tanto más cuanto que sus mayores cultivadores son los triunfadores, los que están del lado donde todo funciona, todo sale bien, son exitosos en todo sentido. De este discurso de los triunfadores también hace parte los desposeídos que, por un giro de la fortuna, por azar, se vuelven triunfadores, o los deportistas que desde la miseria de la infancia y la juventud construyen una carrera de éxito, casi siempre transitoria, que no termina por reivindicar la dedicación, la constancia, el trabajo, aun el golpe de suerte, sino que se transforma en una marca del destino, de la predestinación.

La teoría de la evolución, la teoría de Darwin con fundamento en la selección natural, acaba con las tipologías, con las esencias, con lo que ataca el corazón de buena parte del pensamiento de Occidente, según el cual la realidad sólo puede residir en formas inmutables, invariable por esencia. Ese pensamiento nos acostumbró al manejo de formas esenciales, a la definición de tipologías, ahora irreversiblemente derrotado por Darwin y su teoría.

Si hablamos de evolución y de Genética, hablamos de ciencia. ¿Cuándo se inicia lo que conocemos como ciencia? No tratamos de responder esa pregunta en estos escritos. Afirmamos, como muchos otros, que la ciencia moderna, la investigación científica basada en el método experimental se inicia con Galileo, Bacon lo divulga y lo defiende. La primera revolución científica se reconoce como predecesora a la Revolución Industrial, la antecede, le da sentido. Esta última irrigará las revoluciones de carácter social y político de la época, dos grandes revoluciones: la de Independencia de Estados Unidos y la Revolución Francesa. Para entonces, la ciencia no se incrustaba con plenitud en la sociedad, aunque en la época de los inventos, que se daban a granel, y con la reivindicación del «arte mecánico», los frutos empezaron a verse, siempre por fuera del ámbito académico. El gran auge científico, impulsado por disidentes, que culminaría en la Revolución Industrial, se gestó por fuera de las academias y de las universidades. Si en un comienzo lograron impulso a través de la Royal Society, ésta pronto decayó, y su papel fue asumido por sociedades rebeldes. Se puede afirmar con Snow que la «cultura tradicional» no se enteró de lo que ocurría, o no aplaudía lo que veía. Como en otras oportunidades, mostraba espanto contra todo lo que estaba en camino de modificar lo existente, optaba por retraerse, retirarse, encerrarse en su caja de cristal, desdeñar los nuevos conocimientos que se adquirían con fundamento en la práctica, en la reivindicación de los oficios, de las artes manuales. Los intelectuales de entonces no entendieron lo que ocurría y se retiraban horrorizados, con aversión, de los escenarios; algo similar ocurrió con el surgimiento de la retórica, como lo cuenta Le Goff, cuando el retorno a la naturaleza, lejos de las ciudades que surgían, los marcó. Ahora eran los lamentos de Blake, de Keats, de Thoreau, de Lawrence y de tantos otros que veían caer los primeros velos, descubrir los misterios objeto de contemplación y fascinación, horrorizados ante los grandes potenciales que se abrían al hombre, que comprendía y empezaba a transformar la naturaleza. El horror surgía parejo con el desvelamiento de cualquier misterio, de cualquier hecho oculto. A los intelectuales de entonces, y a muchos de hoy, les es imposible comprender que la «misma llave que abre las puertas del cielo, abre también las del infierno», como nos cuenta Feynmann; depende de dónde te encuentres, si eres un rico y privilegiado de la sociedad, o un pobre y desposeído, si estás conforme con lo que ves, o si quieres transformarlo.

Si se compara lo que ocurría entonces con las circunstancias de final del siglo anterior, y con el nuevo siglo, mucha gente, también muchos intelectuales, corre espantada ante el gran auge tecnológico que todo parece arrollarlo, y ante los grandes avances de la ciencia, en particular la biológica, que trastorna y transforma todo a su paso. ¿Habrá excusa si se dice que siempre ha sido así? Los pensadores de final del siglo XVII creían que estaban en la última era del mundo; José Saramago, premio Nobel de Literatura, lo dice de una manera diferente y más verdadera: «Pertenezco a los últimos sobrevivientes de una cultura, de una forma de ver la vida». Hoy la mayoría no cree en vaticinios acerca del fin del mundo, sobre el final de los tiempos; grandes grupos, sin embargo, se aprovechan y crecen con el desorden existente, con la pérdida de referentes, con la prédica de ausencia de futuro. El siglo XVII y el siglo XVIII refirman el valor del conocimiento, reconocen que la capacidad humana no tiene límites, la postración con la que venía el mundo cede ante el ímpetu de las nuevas ideas, de las transformaciones que ocurren, de las grandes innovaciones. Y es que el mundo se transforma en esos siglos, pero no es comparable con la forma en que se da la innovación tecnológica en nuestros días. De una manera gráfica se puede decir que entonces una persona, en su periodo vital, con las transformaciones que ocurrían, no cambiaba su mundo, el suyo era el de su padre y sería el de sus hijos; ahora ese mismo período está marcado por cambios radicales, nacemos en un mundo, vivimos en otro diferente y moriremos en otro distinto por completo. Si en el pasado los lamentos por el tiempo ido, la añoranza por lo vivido se presentaba, ahora es la constancia es la pérdida de valores, la ausencia de referentes, la glorificación y la nostalgia por lo que fue y ya no es más. Para la literatura y la sociología, para la vida en general, la de cada uno de los integrantes de la familia humana, es el contraste entre la lentitud y la velocidad, entre el tiempo para digerir y asimilar, y la imposición simple y llana de los acontecimientos, es casi la exposición total a los cambios externos impulsados por una tecnología que puede seguir su carrera desbocada.

Invocamos a toda hora los males que nos agobian, y desafiamos la razón cuando decimos que la ciencia y la tecnología son los culpables, insistimos en creer y afirmar que el mal está en las herramientas y no en los operarios y en la forma como trabajan, recalcamos que la tecnología ha deteriorado el medio ambiente y queremos olvidar que es la misma tecnología la que encuentra y seguirá encontrando soluciones a esos males, adjudicamos a la ciencia tantas desgracias y no concedemos que sin ella no podríamos vivir. Si miramos las cosas desde el lado médico, creemos que por descubrir los antibióticos se hizo un mal porque los gérmenes desarrollan resistencia a ellos, la diabetes y la enfermedad coronaria son azotes de la humanidad porque se aumentó la esperanza de vida, nos quejamos en un tiempo de las bajas tasas reproductivas para luego demandar que al corregir la desnutrición y las enfermedades infecciosas aumentamos la población, y clamamos luego por su reducción, queremos vivir más y estamos a punto de sindicar a la ciencia como la responsable de la eventual quiebra de los sistemas de salud, por el aumento de las enfermedades crónicas; la reproducción, con todo lo que oculta, es digna de investigación, pero luego el asombro se cambia por escándalo cuando se llega a manipular los gametos y los genes, y nos espantamos cuando se enarbola la bandera que dice que los científicos juegan a ser Dios.

Defendemos que siempre se debe mantener una actitud crítica frente a cada nuevo avance en el conocimiento y en torno a su aplicación, pero consideramos como algo necesario el avance del conocimiento en todos los frentes, no importa qué encuentre a su paso; defendemos y denunciamos cualquier intento por frenar la libertad de investigación, pero postulamos la responsabilidad de los hombres de ciencia y la de los investigadores en las empresas en las que se comprometen.

El mal del alma moderna, el malestar en la cultura, la tragedia del hombre está en la imposibilidad de aceptar sus propios poderes, los que le confiere el conocimiento objetivo de la totalidad de lo que lo rodea en la naturaleza, sin recurrir a teleonomías, sin recurrir a destinos predeterminados, sin recurrir a causas últimas. Si antes del advenimiento de la ciencia como cuerpo de conocimientos y de demostraciones, la angustia rodeaba al hombre al no poder explicarse lo que sucedía y veía, su angustia hoy se exacerba y no puede suscribir que el reto lo aceptó y lo cumple él mismo.

Se acepta que la ciencia llegó a la sociedad para no abandonarla, se volvió indispensable, tanto como lo es Alá para el creyente musulmán, como diría Hobsbawm. La sociedad depende de la ciencia y la tecnología, es necesaria, pero no ha conquistado las almas de sus integrantes.

Hasta finales del siglo XIX la gente común no sabía qué hacer con los triunfos de la ciencia. En el último tercio de ese siglo y comienzos del siguiente, ocurre un cambio radical con la aparición del automóvil, la aviación, la radio, el cinematógrafo. También aparecen la relatividad, La Física Cuántica, la Genética. Muy poca gente podía entrever las implicaciones de estos avances. Cuando en 1939 se descubrió la Física Nuclear, muchos dudaban de sus aplicaciones, entre ellos el mismo Bohr. Cuatro años antes de su muerte, Rutherford dijo que no creía que la energía del núcleo pudiera liberarse; nueve años después la primera pila empezaba a funcionar en Chicago. El célebre texto de Alan Turing de 1935, con los fundamentos de la moderna teoría informática, pasó inadvertido salvo para un puñado de matemáticos. Es en el último tercio del siglo XX cuando ocurre el gran salto tecnológico, y con él, la nueva revolución científica. A partir de entonces los tiempos de conversión de los éxitos de laboratorio a tecnología se vuelven casi inmediatos. Hoy incluso se anticipan, y la misma tecnología genera su propio conocimiento.

Hace diez años decíamos que la ciencia apenas tenía, para el común de la gente, vigencia de superficie, su valor era epidérmico; debajo de esa envoltura sigue el mismo oscurantismo, el mismo deseo de mantener lo oculto, lo misterioso, la magia. Las sociedades modernas aceptan las riquezas y los poderes que la ciencia genera, pero no aceptan la enseñanza profunda que contiene, el poder de desvelar todo lo oculto, el placer de comprender todo lo que antes se veía como misterio. Se la combate porque hace público lo que siempre ha sido privado, vuelve profano lo que hasta ahora se consideraba sagrado. La ciencia pregona la validez del conocimiento objetivo y objetivable en cuanto es objeto de demostración. Los otros aprovechan el desarrollo de la ciencia, gozan con la abundancia derivada de ella, aumentan su periodo vital, pero le son hostiles en cuanto a su fundamentación y significado.

Los desgarramientos del hombre moderno pueden tener una buena base de explicación en su rechazo al sacrilegio que suponen los desvelamientos ‒de los cuales es responsable la ciencia‒, en el juicio que hace a las esencias y fundamentalismos, en el hecho de que la ciencia ilumina, da vida, suministra un ejemplo de lo que son nuevos valores humanos.

Deja un comentario