Intervención del senador Jorge Enrique Robledo en la Audiencia Pública “Balance de las negociaciones del TLC”, Senado de Colombia, 14 de febrero de 2006

Como bien lo acaba de expresar el doctor Enrique Daza, lo que estamos es concluyendo un debate de casi cuatro años, que se ha hecho más intenso en los últimos dos, debate que empezó cuando algunos dijimos que no era posible, en las condiciones nacionales e internacionales y dado el tipo de gobierno que padecíamos, conseguir un Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos que fuera positivo para el interés nacional. Cuando lo planteamos, y particularmente, cuando empecé a ponerlo en entredicho desde el 2002 aquí en el Senado, recuerdo que todos los funcionarios del Estado, y hago referencia al ministro de Comercio y al propio Presidente de la República , replicaron diciendo que estuviéramos tranquilos que ellos, bajo ninguna consideración, firmarían un Tratado contrario al interés nacional. Y llevamos casi cuatro años en la misma discusión: nosotros insistiendo en que el Tratado va ser contrario al interés nacional y ellos insistiendo en que el Tratado no va ser contrario al interés nacional. Recuerdo incluso que empezando las negociaciones, el ministro Botero, hablando a nombre del Presidente de la República , dijo que estuviéramos tranquilos, que la negociación consistiría en llegar a un buen tratado. En ese momento expliqué que lo del buen tratado no pasaba de ser una astucia para meterles el cuento a los colombianos de que iban a firmar un Tratado bueno.

En la medida en que las negociaciones fueron avanzando, les hicimos un seguimiento minucioso. Ahí están todos mis artículos quincenales en la prensa de estos años, mis sucesivos debates en Comisión Quinta y en Plenaria, las muchas conferencias y foros en los que estuvimos con los ministros, y cualquiera que se tome el trabajo de examinar mis posiciones, o las de Aurelio Suárez o las de Enrique Daza y Ángel María Caballero, podrá ver cómo sistemáticamente fuimos demostrando que la política del gobierno nacional era ceder y ceder y ceder en cada contradicción y en cada punto del debate. Mucho ruido cuando anunciaban una posición dura y de firmeza, y mucha suavidad y casi absoluto silencio en el momento de sacrificar el interés nacional. En el caso del agro, si no fuera tan doloroso lo que está ocurriendo, sería hasta chistoso, ridículo, o mejor, patético, ver a los funcionarios del Estado diciendo: “¡Empezaremos con aranceles altísimos!” Un chillido de la embajada estadounidense en Bogotá, y entonces, bajaron los aranceles. Vociferaron que si Estados Unidos no desmontaba los subsidios no había nada, y enseguida aceptaron que Estados Unidos no desmontara los subsidios. Y así en cada caso. Que no eliminarían las franjas de precios, y corrieron a eliminar las franjas de precios. Que solo avanzarían si había salvaguardias permanentes… entregadas las salvaguardias permanentes. Que hay no sé cuántos productos sensibles, y con cada día que pasaba los iban quitando uno por uno hasta que no quedó ninguno. Después dijeron que no pasarían las líneas rojas de ninguna manera y las pasaron.

Absolutamente grotesco fue el proceso, porque fue fríamente calculado para intentar engañar a los colombianos con respecto a lo que estaba sucediendo. El lío que ha tenido el gobierno es que se tropezaron no solo con el senador Robledo sino con otros sectores que de manera sistemática hicieron seguimiento, por ejemplo en el tema de propiedad intelectual y de medicamentos, y no pudieron nunca demostrar que el TLC iba a ser positivo para Colombia. Hubo una oposición que fue capaz de demostrar de manera sistemática lo que venía sucediendo. Ceder, ceder y ceder ha sido la política del gobierno nacional. Ceder incluso hasta el absurdo de impedir que el Congreso de la República tramitara una ley que le pusiera algún control a lo que el gobierno iba a entregar. Una táctica de negociación obvia y usada por los gringos. Todos sabemos que los negociadores estadounidenses salieron a negociar sometidos a una camisa de fuerza que les impuso el Congreso de Estados Unidos. Y cuando aquí se intentó hacer algo parecido, táctica elemental en un proceso negociación como éste, hay que ver la rabia del uribismo intentando evitarlo, de forma tal que el Presidente tuviera las manos absolutamente libres para sacrificar hasta donde se le antojara o hasta donde se lo impusiera Estados Unidos. Esta es la historia del proceso, perfectamente documentada, por escrito, grabada, filmada. Quienes creyeron que podía hacerse una buena negociación, muchos de buena fe, se equivocaron. No comprendieron la naturaleza del imperio ni la naturaleza de quienes estaban negociando supuestamente en representación de Colombia cuando era evidente que no era ese el papel que estaban cumpliendo. En cada campo la negociación se limitó a ceder, ceder y ceder. Y a intentar confundir y engañar a los colombianos sobre lo que venía sucediendo.

Hoy, a estas alturas, 14 de febrero de 2006, ya está claro que vienen, como se sabe, pérdidas inmensas en el sector agropecuario. Lo que se ha aceptado en el sector agropecuario no es lo único malo para el país. Incluso hay gente que dice que ni siquiera es lo más grave, pero sí lo más ilustrativo, porque facilita entender el carácter leonino del acuerdo y la actitud de sometimiento vergonzoso de este gobierno a los intereses de Estados Unidos. En que lo que van a firmar se incluye el punto de los subsidios. Los gringos se van a quedar con entre 50 y 70 mil millones de dólares en subsidios anuales a su agro, mientras que Colombia se va quedar con cero protección. Mediante un tratado escrito, Colombia va a santificar el dumping, un delito en el comercio internacional. Se va a entregar nada menos que la seguridad alimentaria, base de la soberanía nacional. Estos son los hechos crudos. Las pérdidas en industria probablemente van a ser más grandes que las del mismo sector agropecuario. Se sabe que va a haber pérdidas grandísimas en petroquímica, en plásticos, en producción de bienes de madera. La semana pasada el sector de autopartes y de remanufacturados calificó de “desastroso” lo aceptado por el gobierno nacional en beneficio de Estados Unidos. En propiedad intelectual Colombia va a quedar en la barbarie científica y tecnológica, sometida para siempre al atraso, para siempre a la pobreza, para siempre a la indigencia, para siempre a ser un país de quinta categoría en el concierto internacional. Eso es lo que significa el tema de la propiedad intelectual, además del encarecimiento de los medicamentos, ya de por sí bien grave. Cerca de 900 millones de dólares más tendrán que pagar cada año los colombianos por cuenta del TLC a la hora de tratar sus enfermedades. O sea que aquí va a haber muertos por cuenta del Tratado Libre Comercio con Estados Unidos. Se sabe también que al capital nacional le va a ser arrebatado el sector de las telecomunicaciones, que va a quedar bajo el control de las trasnacionales norteamericanas o en general extranjeras. Son puntos ya acordados y difundidos. En cultura lo que se viene no es la construcción de una cultura universal a partir de los aportes de las mejores culturas nacionales, regionales o locales, sino el avasallamiento de la cultura nacional bajo el peso de la cultura imperialista, en muchos casos física basura. Esto hace parte del Tratado, viene incluido allí.

Se le va a impedir a Colombia que utilice el poder del Estado para estimular sectores específicos de su economía, sectores específicos del capitalismo nacional. El estímulo del Estado ha sido elemental en el desarrollo del capitalismo en los países que han tenido éxito. Parte fundamental de la construcción económica, como los aranceles y las licencias previas, todo eso le va ser arrebatado a la nación. Va a ser sustituida la justicia nacional por tribunales internacionales de arbitramento diseñados en beneficio de las trasnacionales. Está ya acordado, ya cedido por los negociadores. Se van a debilitar también las medidas que los Estados pueden usar en caso de crisis financieras internacionales, crisis que son como una especie de tsunami económico y que le causan inmensos daños a las economías de países débiles como el nuestro, y aquí también vamos a tener pérdidas instrumentales supremamente graves y contrarias al interés nacional. Se van a hacer irreversibles todas las reformas económicas y sociales de los últimos quince años de neoliberalismo. Van a ser irreversibles medidas tan reaccionarias como la Ley 100 en salud, que mata más colombianos que todas las violencias que martirizan este país. Va a ser irreversible la ley 142 de servicios públicos, que convierte a los pobres de Colombia en una especie de siervos de los monopolios y las trasnacionales so pena de no tener luz o no tener agua o no tener teléfono. La pobreza se va a disparar, el desempleo se va a disparar, están las cifras publicadas en los periódicos. El último estudio del Banco de la República , ¡o sea de esta tecnocracia neoliberal bien paga y al servicio de intereses que no son los nuestros!, cuantifica que las importaciones van a crecer al doble que la exportaciones. Y lo había dicho ya Planeación Nacional en otro estudio de 2003. Todo lo anterior es de sobra conocido. Nada por dañino que sea podrá cambiarse en el TLC sin pedirle permiso a Estados Unidos, Tratado que va a adquirir un rasgo de nivel constitucional.

En una palabra, perdemos la soberanía nacional, el principal bien de una nación. Si se pierde se pierde todo, como el que extravía las llaves de su finca, o de su casa, o de su fábrica, dejándolas a merced de los saqueadores. Eso es lo que va suceder. Repito, no podrá modificarse nada de lo que quede pactado en el TLC, por pernicioso que los hechos demuestren que sea, sin pedirle permiso a Estados Unidos.

La economía colombiana, la nación entera, va a ser anexada a Estados Unidos. Ante lo que estamos es ante un proceso de recolonización imperialista. Este es el nombre técnico de lo que está sucediendo. Estados Unidos ha demostrado nuevamente que es un imperio, y los imperios no tienen amigos, sólo intereses. Que los imperios se comen a los satélites que giran en su órbita, a los que avasallan y sacrifican. Eso es el TLC, el pacto entre un imperio y un gobierno vasallo es ante lo que estamos.

¿Qué decir entonces del hecho de que el presidente Uribe decida viajar con toda la fanfarria a Estados Unidos? No es posible adivinar el futuro. Me atrevo sin embargo a anticipar que Uribe va a firmar el Tratado. La duda que puede haber radica en si firmar ahora o después. Mucho me temo que lo haga ya, en una especie de libreto acordado y que apunta a llegar a Estados Unidos a santificar lo que ya se sabe que va a ocurrir, porque es obvio que nadie tendrá la inocencia de pensar que el presidente Uribe le va a cambiar la política al imperio porque arribe allá a hablar con funcionarios de quinta categoría. Lo que me temo es que el Presidente va a firmar un tratado que le causará desgracia sin fin a Colombia, y que Uribe lo va a proclamar desde allá como un gran éxito para el país. Y abrigo el temor de que el libreto esté tan bien orquestado que tenga listo, incluso ya, el comité de aplausos de aquí para intentar presentarlo ante los colombianos faltos de información como una especie de viraje, de éxito de ultima hora del presidente que salvó a Colombia de un Tratado que hasta el momento de la firma había estado mal tramitado y mal negociado, contrario al interés nacional. Abrigo ese temor porque le conocemos el alma de histrión al Presidente, por su habilidad para manipular. Y abrigo este temor por otra razón, y es que consiga las comparsas que le aplaudan su genialidad.

No es la primera vez que un gobierno tramita acuerdos internacionales contrarios al progreso de Colombia. Los agricultores y los industriales saben bien lo que pasó en 1990, cuando empezó esta tragedia del libre comercio y del neoliberalismo. Y recuerdan bien cómo una parte sustancial de la dirigencia gremial de aquellos días aplaudió la apertura, el neoliberalismo y la privatización como actos de progreso. Prefiero no mencionar el nombre del jefe gremial de los algodoneros que sacrificó a ese sector de la producción a cambio de algunas canonjías, asegurándoles a sus agremiados que nada iba a pasar con la apertura y que, por el contrario, los iba a hacer más competitivos. Y el temor me asalta porque en el aviso ese famoso pagado en la prensa en estos días, si uno lo disecciona, lo primero que llama la atención es que falta un número importante de sectores. Llama también la atención, o de pronto no tanto, ver la rúbrica de cuatro o cinco auténticos idiotas útiles, pues tienen que ser auténticos idiotas para estar allí, o guardar algún secreto por debajo de la mesa y que no conocemos. Y lo más revelador, allí están todas las trasnacionales, lo que ya constituye el colmo del cinismo. ¿Cómo así que el presidente de la Drummond , pagado por los gringos, tiene la desfachatez de salir a firmar un comunicado en el periódico El Tiempo en el que se define qué es bueno para Colombia. Me hago una pregunta: ¿ese gerente de la Drummond podría firmar un documento contrario al TLC y mantener su puesto? Y aparecen firmando, claro, todos los grandes importadores de alimentos. Obvio, ése es un negocio, ya acabaron con el trigo y la cebada y tienen en la mira lo que queda en el arroz, en el maíz. Ése es un negocio, enriquecerse con la desgracia del prójimo.

Me quiero detener en otro hecho, y es que ahí firma don Gabriel Silva, gerente de la Federación Nacional de Cafeteros, sector que no tiene que ganar en el TLC absolutamente nada, pues todo lo que hoy han conquistado los cafeteros, básicamente el libre acceso a Estados Unidos, no es parte de la negociación. ¿Por qué firma el doctor Gabriel Silva? ¿Por qué actúa como Caín del sector agropecuario? Es que no sabe el doctor Silva, además, que los cafeteros también siembran maíz y fríjol, y tienen leche, y es gente del sector agropecuario que va ser rudamente afectada por esta política. Y entonces aquí recordamos lo que decíamos en mis tiempos de Unidad Cafetera. Que el problema con esa cúpula de la Federación es que no es lo mismo vivir del café que vivir de los cafeteros. Lo mismo diría aquel jefe gremial de los algodoneros en la década del 90: no es lo mismo vivir del algodón que de los algodoneros. O de otro cargo burocrático el día en que los algodoneros se acaben. Me preocupa realmente lo que está sucediendo, porque no es posible, no hay la más remota posibilidad, primero, de que Uribe no firme, sea antes o después de las elecciones, y segundo, que no es posible que el Tratado le convenga al interés nacional y que tal realidad, menos todavía, vaya a ser modificada por la acción del presidente de la República.

Concluyó asegurando que el hecho de que firmen, cómo se sabe, no significa que la lucha concluya. Diría que en cierto sentido la lucha apenas empieza, porque una vez firmen el TLC se van acabar la manipulación y la demagogia, pues todo el mundo va a saber qué le va pasar. Cada industrial, cada agricultor, cada colombiano, va a saber cómo lo afecta negativamente el Tratado. Casi que la gente va a poder buscarse en una larga lista y encontrarse: Pérez Sánchez, Julio Roberto, se quiebra en tal año. Lo que pienso es que eso va a acrecentar la resistencia y la oposición al Tratado. Y ahí vamos a saber quién es quién en esta República de Colombia. Y vamos a saber quién es cada congresista en este país, quién es cada dirigente gremial, quién es cada colombiano interesado en el asunto. Se acabaron los tiempos de las vacilaciones y de los trucos y de las astucias. Todos vamos a tener que colocarnos en nuestro respectivo puesto para asumir nuestra respectiva posición.

Quiero ser optimista. Nadie aquí en este recinto, por razones obvias, le ha dado respaldo al Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos. Y estoy seguro de que no se lo van a dar. La duda tiene que ver con otros sectores, pero repito, quiero ser optimista en el sentido en que la gente, los millones de afectados, un grupo inmenso de sus dirigentes e incluso de sus jefes políticos, vamos a ser capaces de crear la más grande unidad que se haya dado en este país desde que somos República para oponernos al Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos. Y que en el trámite en el Congreso, que puede asumir formas diversas como producto de la lucha civil, ese movimiento de resistencia que tenemos que organizar contra el Tratado de Libre Comercio, este termine hundiéndose. No porque seamos amigos de que Colombia no tenga relaciones económicas con el resto del mundo, como arguyen quienes calumnian. Ni porque estemos en contra de que Colombia mantenga relaciones con Estados Unidos, como también lo dicen quienes nos calumnian. No. Sino por la simple razón de que el TLC es contrario al interés nacional, contrario al progreso de Colombia, contrario a la soberanía nacional de los colombianos. Y por esas razones soy muy optimista en que vamos a terminar hundiendo ese Tratado.

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