Me ha correspondido la dolorosa tarea de pronunciar estas palabras en el momento que devolvemos a la tierra los despojos mortales de Enrique Molinares, de quien todos los presentes, y quienes lo conocieron, pueden decir muchas cosas idénticas. A Enrique “todo el mundo lo quería” oí decir insistentemente durante su velación. Y todo el mundo lo quería porque su sentido de la solidaridad prácticamente no conocía límites. Muchos en Urabá fueron testigos del gesto que tuvo durante los últimos y muy dolorosos días de la vida de ese otro gran amigo productor de banano y piloto jubilado de Avianca, Capitán Guillermo Posso, a quien acogió en su casa como si se tratara de su hermano o su padre, pues no podía contar con nadie en ese momento.

Su amistad era sincera y absoluta. Pero además tenía el brillo de su gran inteligencia, su formidable energía y su inagotable chispa. Conocedor como el que más de la actividad bananera, era referente de consulta sobre diferentes tópicos para trabajadores y productores.

También caracterizó a Enrique el profundo amor que le profesó a los suyos. Su familia sabe que cuando amaba lo hacía de manera encendida, sin vacilaciones, con una intensidad escasa en estos tiempos de mezquindad.

Esas virtudes de Enrique eran de todos conocidas. Y por eso, de manera unánime quienes hoy nos congregamos ante su tumba podemos proclamarlas al unísono. Pero hay dos cualidades de Enrique que seguramente muchos de ustedes las percibieron, y que los moiristas las vivimos de cerca.

La primera fue la firmeza que siempre demostró en defensa de la patria, de la soberanía nacional, de la producción y el trabajo. En estas calendas en las que sería un formidable negocio una fábrica de rodilleras, pues se han vuelto populares y generalizadas las actitudes genuflexas ante la despiadada recolonización imperialista a que se ha visto sometida nuestra nación, Enrique no vaciló jamás en su actitud patriótica. Es más, fue consejero permanente del MOIR en esta materia. Desde cuando Francisco Mosquera, fundador y jefe de nuestro partido avizoró la terrible suerte que correría Colombia bajo el nuevo modelo “neoliberal”, Molinares se convirtió para Pacho en uno de los principales soportes en el estudio e investigación del fenómeno. Y nunca se apartó de esa actitud. Ni en los momentos más difíciles de la violencia irracional que ha azotado la zona, y que lo afectó de manera directa.

Pero quizá, una virtud superior a la anterior, fue la de su valerosa y consecuente actitud frente a la orientación política de su partido. Cuando hace tres años el MOIR se vio fuertemente afectado por el virus de la traición, cuando un sector de los militantes y dirigentes optaron por cambiar la línea política que siempre nos ha guiado, cuando unos decidieron que estaban cansados de la lucha, y con un arsenal de argumentos sofísticos cambiaron de bando y se trastearon al vecindario de los enemigos de la transformación revolucionaria de la sociedad colombiana, Enrique no vaciló y se mantuvo firme, erguido y leal al pié de la dirección nacional de nuestro secretario Héctor Valencia.

Hace poco el sacerdote que oficio la liturgia que como homenaje le quisieron brindar sus familiares y un grupo de productores de banano, manifestaba que Enrique Molinares no había muerto, que había cambiado de estado. Y en cierto sentido tenía la razón. La vida de Enrique estuvo llena de ejemplos, de actitudes de generosidad, valor, dignidad y patriotismo. Esos hechos deberán permanecer en nuestros corazones y en nuestras mentes. Esos ejemplos nos obligan a todos los que lo conocimos. Y lo que él no puede hacer por haber cesado su pensamiento y su vida, estamos obligados a seguirlo haciendo nosotros. Su vida pues deberá prolongarse, pero por la acción que muchos habremos de desplegar en su reemplazo y alumbrados por su ejemplo.

Por esas curiosidades y coincidencias de la vida y de la muerte, estamos sepultando a Enrique Molinares a unos escasos centímetros del sitio en que hace apenas 64 días sepultamos a nuestro camarada Froilán Peláez. Fueron dos vidas paralelas. Dos vidas entregadas la lucha contra la dominación imperialista y por una Colombia soberana y próspera. Dos vidas que recorriendo caminos paralelos, coincidieron al final del camino. Que esta extraña seña del azar sea como una indicación, un llamado que diga algo así como, “lo que hicimos nosotros dos, lo deben seguir haciendo, no desmayen que la lucha es válida y el triunfo no sólo es posible, sino seguro”

¡GLORIA ETERNA AL CAMARADA ENRIQUE MOLINARES!

Medellín, Julio 10 de 2002.

BREVE SEMBLANZA DE ENRIQUE EDUARDO MOLINARES DUGAND.

Barranquillero nacido hace sesenta años, ingeniero químico de la Universidad de Antioquia. Vinculado a la zona de Urabá desde 1966 como productor de banano. Dirigente del Partido Liberal, por el que fue concejal de Apartadó durante varios periodos, Presidente del Directorio Liberal de Apartadó y del Concejo Municipal en varias ocasiones. En 1975 se aparta del oficialismo liberal y forma el Movimiento de Unidad Liberal MUL, hace alianza con el MOIR, participa en la campaña presidencial de Jaime Piedrahita Cardona, y posteriormente pide personalmente a Francisco Mosquera militancia. Mosquera le advierte de los grandes riesgos que significan para cualquier colombiano, pero particularmente para un pequeño empresario la militancia en un partido como el nuestro, a lo que Molinares responde “cosas más graves le van a pasar al pueblo colombiano, y yo no soy capaz de ser mezquino y dedicarme solamente a cuidar mi pellejo”.

En 1982 el torbellino violento que azota la zona lo obliga a retirarse, lo que le acarrea inmensas dificultades materiales que resiste con gran valor y dignidad.

A finales del gobierno de Barco, cuando se empiezan a dar los primeros pasos en firme para la implantación de la apertura económica, y estando radicado en la ciudad de Medellín, hace parte del equipo conformado por Francisco Mosquera para analizar el fenómeno que no dudó en calificar de “recolonización imperialista”.

En la actualidad formaba parte del Comité Regional de Antioquia, era el Secretario Zonal del Moir en Urabá, se encontraba radicado en Apartadó fundamentalmente, sin embargo hacía parte de CEDETRABAJO y en los últimos días se encontraba especialmente activo en la asesoría a los trabajadores de la empresa ENKA de Colombia, quienes se encuentran próximos a presentar pliego de peticiones en medio de la aplicación de la Ley 550.

Le sobreviven su esposa Lilia Arévalo, sus hijas Lucila Beatriz, Liliana Marcela y Pilar Andrea y su padre de 87 años Enrique Molinares, quien lloró emocionado ante el homenaje dispuesto por el MOIR en su sepelio, manifestando que se colocaba incondicionalmente a las órdenes del partido junto con su hermana Beatriz Eugenia.

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