Federación Colombiana de Educadores, FECODE, octubre 9 de 2005
La FEDERACIÓN COLOMBIANA DE EDUCADORES convoca al magisterio colombiano a participar masivamente en el paro nacional del 12 de octubre. Este paro ha sido convocado en primerísimo lugar en protesta contra el TLC con Estados Unidos que el régimen uribista se empecina a firmar en contra y a espaldas del pueblo y la nación. El TLC es el epílogo de la apretada agenda del consenso de Washington acordada en 1989 y que se convirtió en el programa de hierro de la globalización neoliberal y de la recolonización imperialista sobre América Latina.
Este TLC que el “Mesías” gobernante quiere firmar “rapidito”, así le “lluevan rayos y centellas” significa aceptar un tratado internacional que no tiene límites de duración en el tiempo, es decir que es a perpetuidad; que está por encima de la Constitución Nacional y de nuestro ordenamiento jurídico y que coloca a nuestro país en absoluta indefensión; no sólo en materias económicas, agrícolas, manufactureras e industriales; sino también, en lo relacionado con el sometimiento a un colonialismo tecnológico, científico y de conocimientos, pues las normas exigidas por el imperialismo norteamericano en materia de propiedad intelectual, monopolio de patentes, segundos usos, biogenética y medicamentos no dejan posibilidad alguna para un desarrollo nacional en éstas áreas estratégicas.
Las consecuencias del TLC en lo económico han sido más debatidas y están más o menos claras para el grueso de la nación representada en sus trabajadores y aun en los gremios de la producción. La contumacia del uribismo es más aberrante si se tiene en cuenta que sus negociadores han avanzado en la entrega a lo largo de las 12 rondas de negociación desoyendo todos los justos reclamos yadvertencias, desestimando olímpicamente todos los estudios que apuntan a conclusiones diametralmente opuestas a las intenciones del gobierno, desatendiendo las desastrosas experiencias internacionales de los TLC con México, Chile y Centro América y mintiendo abierta y descaradamente sobre la supuesta panacea para el desarrollo nacional que significaría un TLC con Estados Unidos, firmado bajo las arrogancias imperiales e inflexibles de los negociadores norteamericanos, los chantajes sobre el desmonte de las inverosímiles y dudosas ventajas otorgadas por el Aptdea que finiquitan en el 2006 y la docilidad y abyección servil de Uribe Vélez, su Ministro Botero y sus negociadores.
Una vez más, Colombia bajo la férula de la minoría dominante, hace honor al calificativo infame de “Caín de América” ganado con creces desde la década de los 50 del siglo XX cuando fue el único país latinoamericano que envió tropas a pelear al lado de Estados Unidos en la Guerra de Corea; pasando por el apoyo a Inglaterra a principios de la década de los 80 en su guerra contra Argentina por las islas Malvinas y terminando con el respaldo incondicional a la brutal agresión y masacre imperialista contra el pueblo iraquí.
En el terreno educativo las cosas no pintan mejor que en el económico. En el TLC la educación es una mercancía. De hecho, en el TLC han adoptado la misma categorización para el comercio de servicios aprobada desde 1994 en la Organización Mundial del Comercio, donde se habla de los cuatro modos que puede tener este comercio en la época de la globalización imperialista: el modo transfronterizo , que bajo el monopolio privado de las telecomunicaciones y de la tecnologías informática, da pábulo a la educación virtual en desmedro de la educación formal; el consumo en el extranjero , que origina una asimétrica corriente migratoria de estudiantes de los países atrasados hacia los desarrollados, desplazando ingentes recursos hacia el exterior; la presencia comercial , en virtud de la cual, las grandes universidades del mundo hacen su agosto vendiendo a las universidades del tercer mundo el uso de sus franquicias, tal cual sucede ya en Centroamérica; y la presencia de personas, representado en los llamados Gurúes, que circundan el mundo expandiendo a elevadísimos costos las novísimas teorías de la inevitabilidad de la globalización. Todos estos “modos” de comercio de servicios han estado dinamizados, sin duda alguna, por los formidables avances en las tecnologías de comunicaciones y de informática, llegando así al peor de los mundos, en virtud de lo cual, las asimetrías y desigualdades entre los países desarrollados y los atrasados, no sólo se configuran en la economía y la producción, sino también, en la tecnología y el conocimiento.
Por esto, las admoniciones sobre una supuesta sociedad igualitaria del conocimiento no pasan de ser mera palabrería. En verdad, lo que ocurre es que la subyugación material, económica y política, es completada con la intelectual, tecnológica e ideológica. En este sentido, y no en otro, tienen que entenderse todas las presiones de los organismos multilaterales de crédito para que en nuestros países se adopten reformas educativas similares que apuntan a la creciente privatización de la educación básica, media y superior; a la negación del conocimiento; a la imposición de métodos pedagógicos posmodernos contrarios a la existencia de la ciencia y la investigación; a la adopción de los estándares curriculares similares en toda América Latina; a la reducción de los propósitos del sistema educativo en estos países al logro de unas competencias básicas; a la negación de la autonomía académica de las instituciones y, por ende, al control de los contenidos académicos y curriculares a través de la evaluación; al arrasamiento de los derechos laborales y prestacionales del magisterio; al incremento de los educadores inestables, temporales y por proyectos frente a los de planta fija; a la introducción creciente de programas de tercerización y vinculación informal de personas dedicadas a la docencia; a las reformas universitarias orientadas a acortar la duración de las carreras que terminarán convertidas en meras tecnologías y a la introducción de las teorías sobre la ‘formación permanente’ hacia la obtención de títulos profesionales o de postgrado, costeada por el usuario.
En resumidas cuentas, el esquema educativo montado, sobre las anteriores premisas para el TLC, significa el relegamiento de nuestra educación al papel de alfabetizadora en procesos de lecto-escritura, matemática, y algo de informática e inglés, para la formación de una abundante y barata mano de obra, disponible a granel en el mercado y carente de derechos políticos, sociales y económicos. Con el TLC se trata en últimas de la imposición de unos modelos educativos que propicien en nuestras naciones el sometimiento absoluto a las multinacionales del conocimiento y en consecuencia, a que renuncien de una vez por todas, a cualquier posibilidad de desarrollo nacional autónomo y soberano, no sólo en los campos de producción agrícola e industrial, sino también, en los de la ciencia, la tecnología y la investigación.
En conclusión lo que está en juego no es de poca monta. Se trata de la soberanía nacional en toda la línea que involucra, desde asuntos tan elementales y primordiales como la seguridad alimentaria, pasando por la posibilidad del desarrollo nacional y del mercado interior, para llegar a cuestiones tan estratégicas como todas las relacionadas con el conocimiento y el saber. Ante esta ofensiva recolonizadora nada queda a salvo; por esto, en la reciente ronda de Cartagena, el país supo, entre atónito e incrédulo, de la exigencia de los negociadores de Estados Unidos para que se les entregue el 70% de la franja triple A de televisión para ser llenada con enlatados gringos en desmedro de la cultura y el trabajo nacional. Por eso con razón, a las voces de gremios económicos y trabajadores se unieron en sonoro rechazo, las de los medios privados de televisión, así como las de cientos de artistas, libretistas y utileros que entienden el peligro que esta exigencia significa, no sólo para su estabilidad y empleo, sino también para la idiosincrasia y cultura nacionales.
or estas y otras razones es que nuestra batalla del 12 de octubre es contra el TLC, así como también contra la reelección uribista, pues, ésta, en cabeza de Uribe Vélez o de alguno de sus escuderos, significa la profundización de una política obsecuente con el imperialismo, dadivosa con el capital financiero y la minoría de ricos; y arrogante, brutal, regresiva y dañina para la mayoría de la población colombiana. A los maestros, en nuestra condición de pedagogos y enseñantes nos corresponde el primerísimo rol de instruir a la población sobre estos hechos, alentar y participar en las luchas de nuestros coterráneos y contribuir con nuestro esfuerzo educativo y de lucha a la conquista de una patria soberana, libre y autónoma, en la cual, los rendimientos del trabajo nacional sirvan para acrecentar nuestro propio desarrollo y no para engordar las arcas insaciables de los monopolios imperialistas. Esa es nuestra colosal tarea de la hora.