Pilar González Fernández, Tomado de La Ciencia en su Historia*, 18 de diciembre de 2016
Son numerosos los factores a tener en cuenta a la hora de establecer las razones desencadenantes de la Revolución Científica de los siglos XVI y XVII. Debemos valorar la influencia del humanismo, el logro de una progresiva emancipación del pensamiento que surge con el Renacimiento, la influencia de las nuevas corrientes racionalistas y empiristas emergentes, la modernización y mejora de diferentes instrumentos tecnológicos, los nuevos descubrimientos geográficos, etc.
Ya en ele siglo XI se aprecian señales de un primer renacimiento del humanismo en Occidente, enfatizando la confianza del hombre en sus propias posibilidades. Sin embargo, durante mucho tiempo esos prometedores signos fueron esporádicos y debidos más bien a un reducido número de notables personalidades. (Pensemos en figuras con las de Roger Bacon y su defensa de la observación en la obtención del conocimiento frente a los criterios de autoridad). Pero aunque no hubo un cambio general de concepciones durante los siglos XII, XIII y XIV, las antiguas ideas griegas llegadas de tercera mano a Occidente iban haciendo silenciosamente su camino en una Europa cada vez más dispuesta a recibirlas. En la segunda mitad del siglo XV los admiradores del pensamiento precristiano se atreven a expresarse abiertamente, y esa admiración se extiende con celeridad, por Italia primero, y luego por todo Occidente. A partir de entonces y durante bastante tiempo, la cultura clásica fue reconocida como la conquista más valiosa de la inteligencia humana. Asimismo, cabe mencionar que la culminación del renacer de la cultura clásica coincidió con los grandes viajes de descubrimiento y la introducción de la imprenta.
Dentro de las características del Renacimiento, encontramos aspectos esenciales que explican el surgimiento de una nueva ciencia. La nueva amplitud de puntos de vista y concepciones, el desarrollo de un conocimiento y una enseñanza secular, no eclesiástica, junto con la curiosidad intrínseca a los grandes hombres del Renacimiento que estaban dispuestos a interesarse por cualquier cosa humana, hacen de éste un movimiento científico, a la par que artístico o literario. Figuras tan diversas como Erasmo, Tomás Moro, Leonardo da Vinci o el mismo Copérnico manifiestan esa pluralidad de intereses y una nueva libertad en el ejercicio de las capacidades racionales definitorias del ser humano. En definitiva, el pensamiento renacentista animó a la libertad personal de pensamiento y de expresión y allanó el camino para una resurrección de la ciencia fomentando el interés por ella al desenterrar la ciencia de los antiguos.
Sin embargo, debemos recordar que con el renacer del humanismo se renovó la lucha entre la autoridad y la razón, siendo la Ciencia el principal caballo de batalla. Los científicos, especialmente los astrónomos soportaron los choques más sangrientos. El espectacular éxito de la astronomía en el siglo XVI fue más decisivo que cualquier otro acontecimiento en la tarea de restaurar la confianza en el poder de la razón y experiencia humanas. Esa astronomía revolucionó además la opinión que el hombre tenía sobre sí mismo convirtiéndose en rectora del progreso de las demás ciencias. Y es que, aunque la persecución religiosa frenó la Ciencia en algunos lugares o países, su efecto total fue en definitiva despreciable. No pudo impedir la difusión de las ideas copernicanas y de la nueva concepción del mundo que ellas implicaban.
En realidad se podría establecer un cierto paralelismo entre la Italia renacentista y la Atenas de Pericles. En una y en otra se produjo una fermentación y comparación de ideas en conflicto y procedentes de varias fuentes. Los espíritus quedaron libres de viejas ataduras, y esa libertad llevó finalmente a un resquebrajamiento de la autoridad y a un gran avance de la Ciencia realizado por hombres provistos de concepciones esencialmente nuevas.
*Esta es una de las diez preguntas que se plantearon a un grupo de filósofos de la ciencia y de científicos de distintos campos, cuyas respuestas fueron recogidas en el texto citado (sin fecha) bajo la coordinación editorial de José Luis González Recio y la Universidad Complutense de Madrid.