En vísperas de la visita de Bush a Colombia, realizada el pasado 22 de noviembre, el subsecretario de Estado norteamericano para el hemisferio occidental, Walter Bastian, refiriéndose al TLC señaló que las negociaciones son muy duras pero que a la larga sus resultados son positivos, con lo cual para un buen entendedor estaba afirmando que EEUU mantendrá firme la dura posición que ha sostenido desde el comienzo. Frente a la solicitud de dar un tratamiento preferencial a la agricultura y a la propiedad intelectual, por la colaboración de Colombia en la lucha contra el narcotráfico, afirmó enfáticamente que “son dos cosas distintas” y que “no negociamos con base en política sino en los beneficios que se puedan obtener” y recordó que la insistencia en la firma del tratado provino de los países andinos. Estos mismos criterios fueron ratificados por el embajador estadounidense ante Colombia, el mismo día de la visita de Bush, cuando afirmó que una cosa es la ayuda y otra los negocios.

Declaraciones similares han realizado reiteradamente funcionarios norteamericanos desde el primer día de las negociaciones. Por eso la visita de Bush, durante la cual Uribe le solicitó un “acuerdo comercial equitativo”, tener una especial consideración con el sector agrícola colombiano y que los negociadores norteamericanos de propiedad intelectual sean más flexibles en la negociación, encontraron una respuesta clara: el silencio. Bush no habló del tema sino se refirió a su propósito de continuar el Plan Colombia.

Las negociaciones del TLC seguirán su curso normal con fuertes exigencias norteamericanas y solitarios llantos y suplicas de los andinos. Colombia debe hacer particulares concesiones ya que debe mostrar su agradecimiento por la ayuda militar a través del Plan Colombia. Las solicitudes de Uribe a Bush en el sentido de tener misericordia con el agro, las pequeñas empresas y la salud pública no convencen, cuando se acompañan al tiempo de tender nuevamente la escudilla para renovar el flujo de ayuda militar y financiera para una nueva edición del Plan Colombia que culmina en 2005 y el apoyo norteamericano al nuevo acuerdo con el FMI. No es que Estados Unidos vaya a tener consideraciones sino que va a cobrar en el TLC lo “otorgado” en los demás terrenos.

Uribe pidió una agricultura fuerte para derrotar el terrorismo y Bush le respondió que el tratado debía ser aprobado por el congreso estadounidense o sea que debía ceñirse a los parámetros definidos por este, con razón el ministro Cano señaló “aquí el Presidente Bush no vino a negociar”.

Estados Unidos lo ha dicho en todos los tonos: Se firmará un tratado similar al de Chile y el de Centroamérica y el ATPDEA es el techo con un posible plus que servirá de anzuelo.

El gobierno colombiano deberá demostrar en Tucson su propósito de acogerse a esto y debe hacer nuevas concesiones, pues al parecer las ya realizadas no satisfacen a los estadounidenses. Uribe ha cedido la franja de precios, la salvaguardia industrial la cual operará solamente hasta que culmine el periodo de desgravación y ha concedido en muchos otros campos. Sin embargo, hay que estar alerta pues al anunciar que los temas polémicos son agricultura y propiedad intelectual, se están ocultando las gravísimas definiciones que se están tomando en los temas como inversión, importación de usados, compras estatales, etc.

Las declaraciones del gobierno colombiano en el sentido de que las exigencias norteamericanas son inaceptables y que son posiciones inflexibles, para tener credibilidad, deberían llevarlo a levantarse inmediatamente de la mesa de negociaciones.

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